Entrevista a Juan Cristóbal Mac Lean | Bolivia

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Poeta, ensayista, traductor y pintor. Ha sido editor de suplementos literarios en La Razón, La Prensa y Opinión. Actualmente es columnista en el diario nacional independiete “Página Siete”. Ha participado en diversos festival de poesía tanto nacionales como internacionales, entre los que destacan: “III Festival Transfronterizo de Poesía “Tea Party”, Chile-Perú, 2014″, “V Certamen de Poesía Hispanoamericana “Festival de la Lira” Cuenca, Ecuador, 2015″ y “VIII Festival Internacional “Las lìneas de su mano” Bogotà, Colombia, 2015

Poesía

Paran los clamores (Plural Editores, 1997)
-Por el ojo de una espina (Plural Editores, 2005)
Tras el cristal (Plural Editores, 2012)

Prosa

-Transectos (Plural Editores,, 2000)
-Fe de errancias (Plural Editores, 2008)
Cuadernos (Plural Editores, 2013)

 
 

Juan Cristóbal Mac Lean

 
 

Eres un autor que, sin problema, transita por la poesía, el ensayo y como tú mismo defines “el garabato”, haciendo alusión a tus cuadros. ¿Cómo te explicas esta necesidad -si es que lo es- y en qué momento se mezclan o distancian tus concepciones estéticas?

Tras cada impulso o pulsión, ya sean éstas de orden escritural o plástico, se agazapa una distinta voluntad o intención, a tiempo de que no se deja de hollar un mismo camino, por mucho que su destinación, sin embargo, nunca esté del todo clara. O podemos decir, también, que un mismo personaje se recubre de diversas máscaras, determinadas éstas por las solicitudes del momento, la temática o el temple del instante. La voluntad de elucidación que anima al ensayo, evidentemente no es la misma que esa especie de trance más o menos controlado que se produce al escribir un poema, y ni qué decir a la hora en que se imponen los reinos y dominios visuales y se embadurnan manchas y colores. En todo caso, son maneras que se desprenden de un fondo vago de la vida misma y que entonces buscan expresarse, sirviéndose de los materiales al alcance, considerando el pensamiento, el verso o la línea como otros tantos materiales de un horizonte y una construcción posibles.

En este transitar y con la experiencia a cuestas, ¿te animarías a hacer una definición de la belleza? Y a partir de esta definición, ¿cuáles piensas que son las zonas que interpela o debería interpelar una obra, tu obra?

Meterse con una definición de la belleza, tema al que deben estar dedicados más libros de los legibles en una vida, requeriría, en rigor, de demasiadas pinzas. Sin embargo, podemos ponernos pragmáticos y ensayar espontáneamente una que nos sirva para recorrer este trecho. Digamos, entonces, que la belleza es aquello que consigue o provoca una precipitación, en el alma, que la lleva, o la deja entrever por un segundo, algo que antes y en diversas culturas se consideraba como santidad. Términos como alma o santidad hoy prácticamente están proscritos, pero no nos amedrentemos, pues igual resistirán unos siglos más. De la misma manera, por mucho que parezcamos haber rebasado hace tiempo la conjunción platónica de belleza y verdad, en el fondo ella no cesa de hostigarnos. Por otra parte, siempre surge la pregunta sobre la belleza casi como un universal antropológico, aparte de que se haya concentrado en un concepto filosófico. Es un hecho, en efecto, que ante una máscara africana, una cerámica andina o una barca polinesia se está ante algo logrado con una gran e indiscutible belleza y que produce la referida precipitación, y ello independientemente de que sus creadores hayan tenido o no el concepto o noción de belleza como las concebimos nosotros. Y otro problema que es forzoso mencionar aquí es el fatal doblez de la belleza: la fealdad. Y ella hace lo contrario: precipita lo peor, entorpece la mirada, achica y arruina el alma. En lugares como este, efectivamente, estamos rodeados, acosados, atacados a diario por la fealdad. La extrema fealdad musical, la más perniciosa y mortificante, estropea la calidad del universo sonoro. Y vivimos en ciudades cada vez más degradadas en su estética urbana. Las aventuras de la belleza por estos lares, a todas luces, se hacen tanto más complejas, y es precisamente en medio de esa hendidura, en la dura grieta que así se produce, que debe alojarse la propia estética, si hemos de llamar con ese dejo que suena pretencioso, a los propios intentos de sobrevivir en tal fractura. La belleza es una ideal irrenunciable pero no puede ignorarse la fealdad. De hecho, hay estéticas pictóricas (pienso en Dubuffet) que lograron incorporarla, saliendo ilesas y engrandecidas. Siempre recuerdo a aquel sabio hindú para el cual debíamos ser como las aguas del Ganges, que ni se complacen en los perfumes ni se espantan ante la suciedad. ¡Exhortación difícil!

¿Te interesa pensar al poeta -tal como lo mencionas en tu artículo “El romanticismo y sus derivas”- ligado irremediablemente a la filosofía? ¿Consideras que en estos momentos existe esta relación o más bien nos encontramos frente a una ruptura entre ambos campos?

La vieja querella entre filosofía y poesía está tan viva como antes y parece resolverse tan solo en algunos filósofos o poetas de punta, pero no es algo que inquiete, digamos, al gran público lector de poesía. El caso del romanticismo fue excepcional. Basta pensar, nada menos, que los jóvenes Hegel, Hölderlin y Schelling, ¡convivieron un tiempo en una misma casa! Asombrosamente, existe un poema de Hegel dedicado a Hölderlin. Y tal vez hoy la filosofía ya no puede pasarse sin un oído para la poesía, mientras que mucha poesía se acerca, cautelosamente, al pensamiento, aunque no deje de rehuirle repetidamente. Me imagino que la relación entre ambos campos seguirá siendo siempre tirante y es justamente esa tensión, esa parte irresoluble, la que enriquece el terreno fronterizo que así se desbroza o, peor, se complica. Pero es de esas refriegas que a veces saltan chispas memorables.

¿Cómo influyen los Andes en estas operaciones? ¿Es posible pensar una variante estética y filosófica afectada por la transculturización? ¿Significa algo ser un escritor boliviano a la hora de querer plantear tal o cual punto de vista?

Aquí se repiten temas anteriores: vivimos en medio de una gran belleza natural y una gran fealdad humano-urbana. El desastre y la desgracia reinan por doquier. Y si uno se inclina o mueve en espacios “artísticos” para emplear esa palabra, inmediatamente ya está cogido entre dos fuegos. Hasta hace un tiempo quizá toda esta problemática podía resumirse en dos palabras: el ser americano. Hay libros memorables de hace ya medio siglo que abundaron en estas cuestiones: El pecado original de América del argentino H.A. Murena, El laberinto de la soledad de Octavio Paz o La expresión americana de Lezama Lima. Sigue siendo saludable leerlos pero creo que ya estamos más lejos de las trampas identitarias (aunque en los estamentos más estúpidos de las sociedades americanas se vuelva a escuchar el redoble de los nacionalismos histéricos) a tiempo de que, en el paisaje de la globalización, identidades y fronteras tienden a disolverse, mientras se acrecientan los flujos de movimiento interno entre los países. La dialéctica entre lo local y lo global a un tiempo se tensiona y se rebalsa. En este contexto, el ser boliviano casi pareciera un agravante más en una situación, ya de por sí, compleja. Ello, sin embargo, puede servir para aguzar la mirada, para dotarla de un filo particular y asentado en el desengaño y una parte saludablemente escéptica y desesperanzada, en un movimiento que no se rehúse a pronunciar las sílabas de la alegría. No puedo cerrar esta pregunta, por otra parte, sin mencionar la poesía de Raúl Zurita y lo que en ella hace con Chile o con el nombre propio de Chile. Se trata muchas veces de una verdadera poesía política que replantea nuevamente el lugar de nuestro lugar, para decirlo forzando un poco la mano, y tal vez toma el relevo de los libros recién mencionados.

¿Piensas haber logrado retratar cierta bolivianidad en tu trabajo? Pienso en tus libros en prosa Transectos (2000) y Fe de errancias (2008) como ejemplos.

Como siempre en estos casos, el propio autor es el menos indicado para una autoevaluación en cualquier sentido. Esos escritos, además, están signados por un impulso altamente subjetivo, por mucho que también se hubieran establecido como ejercicios de elucidación. Me movía asimismo la ilusión de retratar lo visible cotidiano, lo mínimo o ciertos resquicios en los que el colorido de la vida pareciera ponerse a bailar. Eso es algo que nunca dejo de sentir en los mercados. Que en la superficie está lo más profundo, se dice, y en cierto modo se trataba de una entrega a las superficies. Las plumas del pavo real, nos recuerda Jankélévitch, son la parte de apariencia y superficie, pero es a través de ellas que el ser se manifiesta.

Según tú mismo, ¿qué rol te ha tocado jugar dentro de la escena poética boliviana? Entendiendo que -si bien hay un sector de lectores y autores que reconocen en tu obra un valor innegable- esta ha permanecido alejada de ciertas antologías que han permitido visualizar la poesía nacional en el extranjero. Y desde ahí, ¿qué valor le otorgas a la difusión de propuestas en estas muestras colectivas?

En cuanto a cualquier papel que le haya tocado jugar a lo que escribo, la verdad es que o lo ignoro o no creo que ninguno realmente significativo. La escena boliviana es aún muy reducida. La crítica o no existe o está en sus pañales. Solo desde un punto de vista cuantitativo, nuestro escenario es verdaderamente pequeño, de tal manera que simplemente no tiene cabida inquietarse por asuntos de esa índole. La difusión de propuestas es sin duda loable y deseable. Cuantos más escenarios haya, más encuentros, más festivales, más exposiciones, más conferencias, conciertos y actuaciones, tanto mejor para una sociedad. Estos, y no otros, son los factores que realmente la civilizan.

A pesar de lo anterior, en el último tiempo has sido invitado a importantes festivales latinoamericanos. Cuéntanos qué ha significado este nuevo período. ¿Lo ves como una particularidad o más bien como un proceso natural, en tanto oficio?

Más que nada hay en esas invitaciones algo de suerte y de chiripa. La asistencia a esos encuentros escasamente es una medida de la calidad de una obra. Se da de todo y a veces son principalmente asuntos de amistades, relaciones, estrategias posicionales. Los viajes son, por supuesto, una maravilla y hay algo, sobre todo para un boliviano, de salir de un hueco. Lo único triste es que basta con ir a Colombia o Ecuador para recordar que Bolivia es el país más penoso de Sudamérica, en el que desde hace siglos nada funciona medianamente bien ni (ahora lo sabemos muy bien y por razones políticas) lo hará. Aparte de eso, es también hermoso ver y conocer a un montón de gente espléndida que escribe a veces muy bien y que, por ahí, anda agitándose en las mismas cosas. Son experiencias tremendamente estimulantes.

Por otra parte, eres un asiduo traductor. ¿De dónde te viene este quehacer, dificultoso por donde se mire? ¿Y cuáles son las principales problemáticas que reconoces al momento de llevarlo a cabo? ¿Piensas que la traducción de la obra poética de un determinado autor debería estar a cargo, necesariamente, de otro poeta para lograr cierta proximidad con la búsqueda inicial?

El universo de la traducción, del aprendizaje de otras lenguas, de la lectura en otras lenguas y finalmente de la traducción, es de una vastedad extraordinaria. De la propia literatura podemos decir que es indisociable de la traducción. Hay traducciones, incluso, que han fundado lenguas: el alemán conocido es hijo de la traducción de la Biblia hecha por Lutero, mientras que el inglés lo es de la traducción bíblica conocida como la King James. En el hecho o el lugar de la traducción se rozan aspectos esenciales de lengua y literatura. Personalmente, siempre que me maravillaba ante cualquier texto en otra lengua (las que conozco son el inglés y el francés) sentía la tentación de traducir. Y a veces lo hacía, lo hago. En una época me parecía una manera de no estar solo cuando me ponía en el escritorio. Pero hablar de forma personal de lo que acontece en la experiencia de estar traduciendo ocuparía mucho espacio. Se trata siempre y más que nada en la traducción de poesía, digamos que, de una posibilitación de lo imposible. Ese hacer posible lo imposible tiene a su vez su propia ética, sus riesgos y posiciones. Hace poco leía, por ejemplo, la traducción de Manuel Mujica Láinez de los Sonetos de Shakespeare. Una traducción muy alabada, bonita y perfecta. Pero la leí muerto de rabia en muchas partes porque hace justamente lo que yo creo que nunca hay que hacer, no hay derecho, etc. O el asombro ante una traducción puede ser un placer suplementario de la lectura. Las versiones al francés de Pierre Seghers (que no es un poeta) de los poemas de Gerard Manley Hopkins son a veces un verdadero prodigio. No lo son menos, aunque en otro sentido, las que realizó Pound, con su escaso conocimiento del chino y tuvieron un enorme influjo en la poesía inglesa. Hay muchos casos de buenas traducciones al castellano pero en este momento no recuerdo ninguna que alcance tanto brillo como las citadas. Ahora mismo, por último, ando atormentándome tratando de traducir unos poemas de Alice Oswald, poeta inglesa que me gusta mucho. No sé si lo lograré.

En el mismo campo. ¿A quién se lee cuando nos enfrentamos a una traducción realizada de escritor a escritor? Es decir, ¿piensas que existe un punto en el que ambos estilos se funden dando pie a una versión que, si bien le pertenece a ambos, al mismo tiempo adquiere su propia personalidad? Pienso, como ejemplo, en Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar traducida por Julio Cortázar.

George Steiner analiza específicamente esto en su After Babel, un hermoso libro dedicado a la traducción. Habla, dando ejemplos, de cuando de pronto el traductor se come al traducido (Celan a Supervielle) o de cuando el traductor simplemente no alcanza el nivel del traducido o lo deforma a sus anchas. Una traducción equilibrada es idealmente la que nos trae al texto traducido sin que la traducción chirríe o levante demasiadas alas. Pero son también indecidibles los límites de la fidelidad o la libertad a la hora de traducir. Donde el tema es más trágico y a veces feliz, es, otra vez, en el campo de la poesía. En un primer momento todos están de acuerdo en que la traducción de poesía es prácticamente imposible por definición. Pero intentar hacerlo es en muchos poetas una de sus actividades decisivas y paralelas. Octavio Paz tiene el libro Versiones y diversiones que agrupa sus traducciones. Montale tiene su Quaderno di traduzioni, Jorge Guillén sus homenajes, Bonnefoy traductor de Yeats y Shakespeare, etc. Y todos hemos leído y recordamos libros y editoriales que nos llegaron benditamente traducidos –aquí saltemos una enumeración que podría ser larguísima.

Por último, cuéntanos en qué estás en estos momentos. Qué estás leyendo, escribiendo, pintando, etc. Y recomiéndanos algo que deberíamos leer sí o sí.

Por una parte estoy a medio camino de un libro que va saliendo por entregas en el suplemento Letra Siete de La Paz. Es sobre poesía y trata de responder a una pregunta de fácil enunciación: ¿Qué comprende hoy la poesía? ¿Y qué comprendemos de la poesía, qué es comprenderla? Pero responder a esa pregunta de tan simple formulación me sacudió y llevó por todas partes, pasando por Platón o la “Analítica de lo sublime” de Kant hasta el romanticismo alemán, de manera que voy aprendiendo mucho, muchísimo. Ahora mismo estoy con el tema de la poesía china. Inicialmente pensaba hacer nada más que un alto en ese bellísimo libro que es La escritura poética china de François Cheng, dónde, a más de contener una antología de la poesía Tang, reseña y explica cómo funciona esa poesía, la escritura de caracteres, etc. Pero el tema resultó grande como un continente y, maravillado, voy siguiendo los hilos. He llegado a leer los grandes libros de Marcel Granet y Henri Maspero (disponibles en francés en Internet) sobre el pensamiento y la historia chinos, aparte de otros libros más como los de filosofía del notable filósofo-sinógo François Jullien o también libros y artículos de Simon Leys, sin hablar de sus traducciones de Confucio o el pintor Shitao. A todos ellos los recomiendo fuertemente. En Internet se encuentran también muy buenas antologías de poesía china traducida al inglés (Waley, Rexroth) o al francés. Cuando acabe con los chinos, ya también apuntaré a los franceses, sobre todo a la trica Baudelaire-Rimbaud- Mallarmé. Hacia el final la cosa acabará por América y posiblemente haya un apéndice de cuatro o cinco poetas bolivianos.
Por otra parte estoy terminando un nuevo libro de poemas, que posiblemente saque este mismo año. El material ya está y se acerca la hora, a veces un poco fatigosa, del armado final. Creo que será el mejor libro de poemas que haya escrito hasta ahora.
Finalmente, sigo asombrado por el universo Internet. Cuando tenía veinte años me pasé varios meses en la biblioteca del Beaubourg de París. Llegaba puntualmente y trataba de quedarme todo el día hasta que cerrara. Vivía bajo el hechizo de la gran biblioteca. Hoy, navegar por Internet es más de lo que cualquiera hubiera podido soñar jamás. Nuestra relación con bibliotecas y libros está cambiando radicalmente. Navegando, también alcanzo a descubrir y encontrar muy buenos poetas contemporáneos. Por ejemplo el español Juan Carlos Mestre, los colombianos Gonzalo Márquez Cristo y Nicolás Dávila, el ecuatoriano Dávila Andrade, la argentina Natalia Litvinova y muchos más. Y, ya que estamos en esto, es justo también mencionar a alguien del panorama nacional. Si de eso se trata, y de lejos, recomiendo fuertemente el excelente libro Bordes de Marisol Quiroga, recién salido este año.
Y para terminar, saludos a los lectores de esta página y gracias por la entrevista.

 

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