Jose Carlos Yrigoyen | Perú

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Jose Carlos Yrigoyen (Lima en 1976). Estudió Comunicación y Derecho. Trabaja como docente y comentarista de libros en la prensa. Actualmente trabaja en su próximo libro titulado: Roberto Miró Quesada

  • El libro de las señales (1999)
  • Lesley Gore en el infierno (2003)
  • Horoskop (2007)
  • Ciclo del Partido de la Caridad (2022)
  • Rhodesia (2023). 

  • María Belén Milla (Perú)
  • Renzo Porcile (Perú)
  • Cayre Alfaro (Perú)
  • Michael Prado (Perú)
  • Gabriela Atencio (Perú)

 

 

 

Jose Carlos Yrigoyen

 

 

 

 

Esta mañana con Beatriz Eguren

 

Comparar, yo lo sé bien, nunca ha sido tu estilo,

pero ahora sabes qué cierto es eso que cuando la vista

le comienza a fallar a uno, no queda sino fijarse

en los objetos que se han ido acumulando poco a poco

dentro de esta casa hace más de cincuenta años.

Por ejemplo, el sol. El sol, dices señalando el espacio

gris de la ventana, rueda por el cielo, bruscamente

y sin saber a dónde ir, al igual que mi lengua,

la que se debate en silencio, mientras voy leyendo

mentalmente el poema encontrado en una revista europea,

escrito en un idioma que desconozco,

pero en el que de todos modos algo nuevo podemos

rescatar. Si estamos frente a una declaración que insiste

delante de nuestros ojos en tener algún significado

que no logramos desentrañar, como la canción

interpretada por un desconocido encerrado en el baño,

y nos rendimos a la mitad del intento, somos

dueños de una libertad algo incómoda, que primero

nos mantiene frescos y libres de toda influencia,

como si de pronto fuéramos colores primarios.

Y si estamos comenzando a flotar de esa manera,

a través del humo de los arbustos y los incineradores,

no podremos dejar de reparar en una sensación subterránea

que se separa de sí misma para no correspondernos,

igual al enloquecido capitán de un bote salvavidas

al que rogamos un sitio dentro de su embarcación,

flotando, con nuestros organismos remontando

este mundo tan hermoso como un tumor hermoso.

Por supuesto que no podemos estar así mucho tiempo.

Lo incomprensible —amplios y minuciosos planos

para una boca antigua clamante, digamos, entre las hojas—

no es un goce que se pueda mantener más que unos pocos minutos.

Luego todo se vuelve obvio, como sentir el amanecer

y con él otro día que viene. Cielos siempre azules,

los simples pájaros negros —no los pájaros de la Historia—

como débiles símbolos de algo que conocemos

pero de lo que no estamos muy seguros. En la esquina

oigo cómo una mujer detalla a otra, enseñando la cicatriz,

la mastectomía que le practicaron la semana pasada.

La realidad es un crimen que se comete siempre en nuestro nombre.

 

 

 

Apunte para un poema sobre el matrimonio

 

1 de octubre. Si este amor puede crecer, sólo lo hará

debidamente en el Orden. He dormido hasta muy tarde,

como la primera vez que desperté contigo, hace tres años:

a diferencia de aquellos cuerpos ocasionales que amanecían

a mi lado, desordenados como tablas viejas en la orilla,

recuerdo bien nuestra posición sumisa al abrir los ojos,

que en algunos países pudo ser una forma de rezo.

He dormido hasta muy tarde, he pasado la noche apenas

sostenido en la lectura de la primera oeuvre de Ernst Zundel,

The Hitler we loved and why. Leyéndola puedes encontrar

la gozosa disposición de quienes fueron desnudados en la puerta,

lavados y purificados al igual que los veloces ratones

del sembrío, amontonados sobre el fuego solamente para destruir

el elemento mortal que heredaron de sus antepasados.

Zundel imagina esas almas liberadas escapando por el ducto,

como por una especie de vacío circular. Yo pienso, más bien, 

que el exterminio es un río que acepta la perfecta sincronía

de unos muchachos sobresalientes en el manejo de los remos.

El exterminio es mi negativa a respetar lo imperfecto.

(Y si la variación continua es el estado natural de la mente,

Zundel de esa manera convierte las flores en sonido.)

Nada de esto servirá cuando me encuentre frente a ti.

Sólo me salvará llevar el poema hasta sus propios márgenes,

pedirte perdón por todos esos vicios en los que te inicié,

aceptar que se necesitaron dos para hacer de este amor

algo tangible o al menos verificable, que no pude hacerlo solo.

En el interior de la Iglesia aguardan nuestros padres,

nuestros amigos, la nostalgia del guardián de la torre de vigía,

los horribles nombres de los sobrevivientes. Aquí quedan

todas las cosas que para ser definidas deben estar ausentes. Aquí

mi plegaria entre los automóviles estacionados. 1 de octubre.

 

 

 

Un día en la vida de Bonnie Consolo

 

1

 

Ninguna desesperación como mi desesperación.

Y nadie como Bonnie Consolo, en esa lucha desigual

mantenida contra su joyero, frente a la cámara. Aunque

esta imagen viaja conmigo hace más de quince años,

recién tiene hoy lugar en el jardín de mis pensamientos.

La recuerdo doblando las piernas, ante la pequeña caja cerrada,

accionando su propio mecanismo al arrodillarse, alargando

el pie hasta abrir la cerradura con los dedos —hasta atrapar

con los dedos el collar. Endereza la columna vertebral

—una alineada sucesión de máquinas de afeitar. Lo que aquí

quiero decir no tiene nada que ver con la distribución del dolor

entre los hombres, ni con las absurdas limitaciones

de la literatura oral —con sus propias piernas logra colocárselo

alrededor del cuello. Ella ha salido airosa y yo no, pero mi lucha

es mucho más fuerte. Porque, Señora Consolo,

a los muchachos de trece y catorce años todavía les muestran

el cortometraje donde hace éstas y otras cosas, adoptando

involuntariamente en sus acrobacias toda clase de formas:

camarero entre las fieras, mar de sangre, monstruo que no puede

vivir en la tierra pero tampoco entre las aguas. Y les dicen

que usted es un ejemplo para los demás debido a su irritante

lealtad a lo imposible. Nadie dice que tuvo a su lado tres esposos

y dos hijos: pero yo esto tengo que enfrentarlo solo. Su vida

es una rutinaria sucesión de dos o tres maravillas, seguramente

ejecutadas sin considerar las reglas de la stasis y la repetición,

mientras aquí mi cara ha comenzado a cambiar, sumergida

en la oscuridad de las preguntas más simples: ¿es que acaso

significa algo la dolorosa mordedura que descubrí esta mañana

cerca de aquella parte de mi cuerpo donde alguna vez fui feliz?

Pero de eso, señora Consolo, la verdad es que casi no recuerdo

nada. Mejor imaginemos un momento a

 

2

 

Horoskop sin brazos; Horoskop presidiendo los mitos y ritos

iniciáticos, Horoskop dejando un rastro de monedas dentro

de los edificios del insomnio, Horoskop sonriendo a los niños;

Horoskop construyendo, haciendo cantar a sus manos, Horoskop

construyéndose cicatrices que luego ante la autoridad no sabrá

explicar, Horoskop reconstruyendo los instrumentos de Harry Partch

cuando Harry Partch era su sitio secreto, el resto de los regalos,

la ciudad cerebral. Horoskop evocando la respiración helada

del padre contra su mejilla ese sábado en el garaje de la casa

—contra la rectitud de su cintura desnuda. Y la luna arriba

oficiando como vínculo entre las preguntas que siempre se hizo

y las respuestas que nunca llegaron, demandándole

una metáfora zoológica que jamás le pudo conceder. Varios fines

de semana perdidos intentando olvidar todo esto a bordo

del auto de cualquier chico que sea un auténtico sol ario.

Te sonreirá hasta que descubra tus uñas sucias. Si tus dioses

son la pobreza y el mal gusto no esperes que te dé un beso. 

Un mar guardado para ti. Dolorosa mordedura. Flores de madera.

Pero sobre todo este gran manojo de hierba. Te llevarás esta hierba

a los labios y le dirás que la deseas más que a todas las chicas

que alguna vez deseaste. Y no mentirás. Y así me recordarás

que hoy no hubo grandes noticias para nosotros, y seguramente

tampoco las habrá mañana. Con ella no hay salida, no hay ni siquiera

la ternura engañosa que tiene el barbado hombre en las duchas

por ese amante de ocho años de edad —un centelleo insolente—

que se arma y se rearma con la luz. Ni eso. Más desdeñosa que ella

no hay ninguna. Usted siempre tuvo a su lado alguien con quién

conversar antes de dormir. Pero yo esto tengo que enfrentarlo solo.

—Hemos cocinado hasta sus huesos, querida Horoskop,

pero no hubo nada tan insolente como este centelleo insolente.

—(Eso no tiene importancia. Igual dormí con él.)

Ninguna desesperación como mi desesperación.

 

(De Horoskop)

 

 

 

Primicias del mundo

[i.m. John Berryman]

 

El desastre del cuerpo se sienta a escribir. Toma conciencia

de los demás y decide entrar en comunicación con ellos. Sabe

que la urbe ha sido construida para el prójimo: por eso se recluye,

por eso escribe sobre esta actualidad que, como la talidomida,

desprende brazos, dispone a los médicos al borde del colapso,

desentierra hombres y mujeres para su estudio, se blinda

en una historia inacabada. El desastre del cuerpo lo escuchó alguna vez

y está de acuerdo: la vida es corta, brutal y nunca está de nuestro lado.

 

Hay contraventanas por donde es posible atisbar la evidencia.

Los drogadictos ocupan un lugar destacado en la trama. Cuidado

con la gente de las alcantarillas: vienen por usted. En Port-Louis

una esposa mata a su marido al encontrarle fotos con otra mujer

más joven que terminó siendo ella misma. Las escolares japonesas

rinden el examen médico en un gimnasio a la vista de todos.

Deben desvestirse ante la ambigua funcionalidad de la justicia.

El encierro nos ha puesto de un humor lascivo.

 

El presidente de Nauru y sus artilugios complicados y monstruosos.

Dos fundadores del Partido de la Caridad son reconocidos en la calle.

Fueron insultados y agredidos por una multitud de padres de familia

hasta que encontraron refugio en el baño de un restaurante chino.

La foto de unos cazadores desgarrando un okapi en la página seis.

Como los árboles sin hojas, suspendidos sistemas nerviosos,

la ultraderecha crece. Gana los escaños que entorpecen el objetivo.

Los diarios nos dedican titulares que son hornos crematorios.

 

La Corte Suprema prosigue operando en su tensa resurrección.

A punta de pistola, obligó al violador a desnudarse y procedió.

Ahora los niños están muy tristes por perder a su amigo.

El desastre del cuerpo no puede confirmar eso. Pero lo sospecha.

También percibe y difunde el terror institucional que ahoga la luz,

los depósitos de plasma que se pudren en los puertos paralizados,

los discursos que alimentan la noche de los desórdenes raciales,

y, como una mentira, restituye la forma de un mundo aparte.

 

 

 

Entrevista exclusiva a Todd Nickerson

 

El rumbo del artrópodo y de su predisposición por forjar

la lenta y ondulante destrucción de un libro, sinuoso-laborioso,

denso ante la amenaza de la verdad que insiste en negar y carcomer

es una forma de respuesta ideal porque sacrifica lo que estorba.

Nací sin mano derecha. Es el primer desbalance inquietante

que quisiera resolver. Cuando llega la noche a mi casa móvil,

donde duermo porque en la concisa ciudad que tengo al lado

demasiada gente sabe quién y qué soy, estudio Gálatas y un versículo

me susurra aquella teoría que ilustra la inclinación de algunos zurdos

por la pederastia. Si los ojos de una pequeña de falda naranja

me parecen más grandes que la vida, si me llevo a casa esa imagen,

mi virtud está invicta. Yo amo a los niños. Los monstruos son ustedes.

 

He llegado a la edad en que comenzamos a lidiar con la nada

y miramos con pasmo a los adolescentes combatir la ciencia.

Un mundo zodiacal, de animales aún por descubrir, de falacias

autobiográficas, es lo que impera. Logro reunir con esfuerzo

doscientos dólares al mes y cupones de alimentos y me pierdo

los sábados por el campo para reflotar la escena de esa niña

de siete años probándose zapatos en una tienda del centro comercial.

Jamás le haría daño a ninguna, y en eso hay una épica. Quien define al héroe

debe recordar que este nunca está completo. Su regreso es una apuesta

que suele desembocar en la pérdida. Entonces lo único que puede acreditar

es una voz testamentaria lastrando toda fe. Ese ha sido mi caso.

Ya Tennyson lo anunciaba: siempre vagaré con el corazón hambriento.

 No soy tomado en cuenta por las transacciones de la noche. Huyo

de la muerte prematura en cada ademán, me informo del estado

de la leche y la carne que ingiero, no invito a nadie para pernoctar.

Una tarde me difamaron y guardé silencio. Fue una mala táctica.

Perdí mi empleo en un negocio local y hoy estoy detenido en el vacío.

Se ha aceptado la compulsión erótica de caernos por las escaleras,

la lujuria por las abejas, la atracción hacia los retrasados mentales;

en cambio, los locutores de radio dudan de mi pacifismo sexual.

Me preguntan por el Partido de la Caridad. Una muy mala jugada.

Para la ciudadanía no son humanos sino morados pulpos tenebrosos.

Es hora de entender que nunca nos saludarán con afecto ni alegría

las bronceadas familias que, al atardecer, regresan de la playa.

 

 

 

Meditación dominical de Todd Nickerson

 

El lenguaje de una vieja creencia está elaborado por asociaciones

(el argumento del terror y la muerte de un pequeño hijo en domingo,

por ejemplo) y no olvides que cualquier asociación afortunada

puede ser un albergue como el que ahora necesito para evadirme

del fin de nuestra violenta amistad. El corazón -que no progresa-

se alivia igual a un prejuicio que por fin es comprobado.

La pericia frente a los inconvenientes, la sincera resignación ante el dolor,

el espejo del baño como inicio inevitable de toda resolución criminal,

rastros del antiguo modo de vida mantenido por nuestros padres,

deberían ser a estas alturas las últimas alternativas

para el valiente adulto que no soy. Las enfermedades morales,

cuyos nombres en latín recuerdan al de las plantas de flores elípticas,

su códice angustiante, su infierno programado, se resumen

en la incapacidad de gratitud al tocar los muslos de una preadolescente.

Mi sanidad psíquica no se discute. Puedo decir: soy afortunado

como una asociación afortunada. He suprimido la realidad difamatoria

a favor de los peligrosos cuerpos que habitan mi virtuosa imaginación.

 

(De Ciclo del Partido de la Caridad)

 

 

El canto de Alice Howard Barry

 

Cada verso mío es una novela enorme: aquí la Historia 

se restringe a anécdota sagrada, permanente, no mortal,

y por tanto despreciable para nuestros sentidos temporales,

tendientes a la putrefacción. Eso tuvo un alto precio.

El mundo perdido de la infancia aquí fue catorce veces perdido.

Todo comenzó cuando la minoría blanca decidió ignorar

los fenómenos celestes que anuncian el odio y el desastre,

el temblor impulsado por el alba que remeció las efigies

de nuestros padres tutelares en el monte:

los adultos se retiraban a la sala de estar y yo podía oír

la voz de mi padre combatiendo la somnolencia

                                             

una granada de mano en Tobruk

le arrancó una pierna y congeló la mitad de su rostro por siempre

en un gesto de horror

 

y eso fue no mucho antes del luto comunal por él

y de que mi madre contrajera matrimonio con el primer

arquitecto sordo de Sudáfrica -mi hermana Ann lo detestaba-,

de nuestra inesperada katabasis cuando él nos advirtió

que los países pueden desaparecer como los rododendros,

en singular una nación pequeña rodeada de enemigos

poderosos y colaboradores vacilantes; que un país comienza

a desmoronarse cuando es incapaz de renovar sus máquinas

y a sus jóvenes, me dijo afuera el hibisco que vigilaba la cocina,

el doble garaje habitado por las ratas, los cactus parásitos

-caucus del partido gobernante, reaccionario como una reunión

de ferreteros- los peces rectangulares de mis brutales pesadillas,

las grandes hormigas de la armada negra que recubren

a los animales atados a una estaca hasta dejarlos

en limpios huesos blancos dispersos sobre el polvo,

ni siquiera el chacal abatido bajo la acusación de tener rabia

fue más pavoroso que ese calor macizo aplastándonos en June Hill.

Es aquí donde mi pastoral suburbana se ilumina de pura verdad:

Douglas Chingoka con su sueldo de subinspector en la policía

podía ofrendarles a sus tres hijos la mejor educación posible

y asimismo podía comprarles verdes escorpiones de caramelo

en las surtidas tiendas de King George Road

 

La minoría blanca tampoco quiso hacer caso a la funesta aparición

de aquella criatura con tentáculos de dos metros en la playa de Beira:

los hoteles cerraron por falta de clientes y sus instalaciones

se volvieron madrigueras ocupadas por tres mil vagabundos.

Entonces solo nos quedó soñar con sucumbir al violento océano

de nuestro cielo en Salisbury, infestado de aeroplanos febles,

y así mi padre, limpio de culpa, indultado por la muerte,

asiste, engalanado de sus heridas, a esta conclusión inenarrable.

 

 

 

Notas de trabajo sobre Rhodesia: mi vida en Borrowdale

 

Mientras escribo este libro [perdido entre los bosques extramurales

de la imaginación] y el día afuera zumba como la sodomía, sin permitir

una sola idea original que rompa su cuidada unidad, me pongo a pensar

qué hubiera sido de mí a principios de los años setenta, en Rhodesia,

si decidía buscar un puesto como profesor de literatura de la escuela principal

del distrito de Borrowdale, Salisbury, el más pacífico y próspero del país

[un país donde puedes dormir desnudo y sin miedo a los temblores]

y me veo caminando por una calle accesoria al sol, recordando bien

que en alguna ocasión alguien aseguró que había recompensas ocultas

en el lenguaje, y que en vez de buscarlas en los libros que no he leído

y en las palabras que no entiendo, había preferido seguir en silencio

a un par de adolescentes por la calle y contemplar cómo esta magia

degrada a mi paso cada una de las leyes naturales [pero el tema aquí

no es ese, sino la contratación a la que aspiraba] mi piel puede pasar

perfectamente desapercibida entre la de los colonos ingleses y holandeses,

mi inglés, con su fuerte acento y sus idiosincrásicos giros resultaría

una simpática curiosidad dentro de la dicción colonial, mis conocimientos

de Marlowe y Wordsworth y Dylan Thomas habría servido para ganarme

el favor del viejo Johnson, quien escuchaba al poeta de Fern Hill

con el oído pegado a la radio, disfrutando su voz impresionante

en la BBC durante el peor de los periodos de la guerra, y entonces

me incorpora con un solo gesto a la plantilla de maestros [¡Me imagino

mi alegría entre los soportales de la institución!] y decido cumplir

el milagro de llegar a trabajar temprano todos los días, todos los días

mirando al amanecer desde mi escritorio la gran piscina que no se mide

por brazadas sino por los niños que murieron ahogados en ella,

y ponen a mi cargo un contingente de lobeznos rubios, de largas piernas,

sonrisas y lágrimas que en ellos no son solo de sensibilidad, sino

también de personalidad; algunos [pocos] alumnos indostanos, destacando

entre la marea europea, completamente integrados a ella mediante

el despliegue de mi voz [en mi clase cada palabra sería ardua como 

una montaña] recitando las Baladas líricas o Bajo el bosque lácteo,

interpretando a Callapine en el momento climático de Tamerlán

[compartiendo un silencio cargado de argumentos en el club de debate

los viernes por la tarde] y supongamos que cierto día una de las profesoras

y yo comenzamos a salir, y aprovechamos las vacaciones de medio año

para hacer un viaje por el interior de la nación [surcamos en tren

los sembríos ordenados y silenciosos: un larguísimo cementerio de guerra;

mientras tanto, los bajorrelieves del río se deslizan lentamente y el sol

asoma como un hermano bueno que regresa de nadar] y supongamos

que de pronto los blancos y los negros se enzarzan en un conflicto

que ninguno puede perder pero tampoco ganar [y así pasan diez años

hasta que se hace imperativo dejar granjas y hogares, renunciar

a los trabajos que creíamos asegurados, mudarnos a Canadá, a Australia

o a Sudáfrica] y supongamos que no elijo ninguno de esos destinos,

que escojo permanecer en mi pequeña casa de pensionista en Borrowdale,

que este poema no es un poema sino el último testimonio que me permito

sobre el fracaso que confirmó nuestra superioridad y nuestra grandeza.

 

 

(De Rhodesia)

 

 

 

 

 

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