«La invocación de lo común»: «Matadero», de Roberto Bustamante por Carlos Henrickson

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«La invocación de lo común»
sobre «Matadero» de Roberto Bustamante

por Carlos Henrickson

 

En la historia de nuestras ciudades, especialmente en los puertos como Iquique o Valparaíso, se aprecia con una particular huella el contraste entre los proyectos de planificación y la configuración que les ha dado el poblamiento. En este contraste obvio se refleja otro no tan obvio: aquel que se da entre los grupos sociales que suponen que el puro pensamiento modifica lo real y aquellos que unen pensamiento y acción bajo la espada de la necesidad. 

Nuestro arte es, como nuestras ciudades, producto de estos contrastes. La tradición culta, sostenida de algún modo institucionalmente, que nos entrega figuras y procedimientos literarios y nos promete la libertad del arte, se nos da solo a través del cedazo de un habla que reproduce nuestros reales entornos y nuestras experiencias de vida, marcadas por una necesidad que no deja de forzarnos. La conciencia de la riqueza que este contraste produce es quizás la fortaleza de la mejor poesía chilena.

Ahora bien, la demanda de escribir sobre la huella del tiempo -de la historia- sobre nuestras ciudades -casi siempre la huella de una acción que las degrada como infraestructura al tiempo que sabe ofender, segregando y empobreciendo a determinadas comunidades-, esta demanda parte de una de las más antiguas tradiciones literarias: la elegía sobre las ruinas, equivalente lírico a la reflexión filosófica sobre la vanidad de la gloria. Nuestra intelectualidad moderna, nieta más o menos directa del romanticismo del siglo XIX, no puede sino encontrarse con esta huella genética de la tradición en la forma misma de la elegía: la voluntad autoral, la vida del hoy, observa de frente aquello muerto, para aprender a encarar el paso del tiempo presente, la inevitable vejez del pensador y lo ineluctable del paso de la historia. 

¿Cómo romper este esquema binario de vida-conciencia intelectual versus muerte-ruinas del pasado glorioso, para ir más allá de la reflexión filosófica y el tan burgués consuelo mental que esta provoca? 

Me rondaba esto hace un par de días en la cabeza, al instante en que participaba en una reunión conspirativa junto a otros artistas -literarios, gráficos y teatrales-, y aparecían ideas para proyectos culturales significativos y grandes acá en Valparaíso. Animado quizás por la lectura del libro de Roberto, planteé el tema de la gran cantidad de clubes deportivos instalados desde hace más de setenta años en las alturas de la ciudad, en que para las canchas se había privilegiado lugares con soberbias vistas a la bahía, como posibles escenarios para actividades culturales que trascendieran los lugares tradicionales, más cercanos al plan. No pude evitar ver un particular brillo en los ojos de todos los presentes, un entusiasmo particular.

¿De dónde venía este entusiasmo? Buscando en mi propio entusiasmo, me di cuenta de que se trataba del encuentro posible con una efectiva vida social, marcada por la resignificación continua de los espacios cotidianos por parte de una colectividad que no necesita –ni puede– distanciarse de su territorio como quien lo hace de un objeto de análisis. Nuestra tradición intelectual (desde Europa) siempre ha aspirado a una especie de administración mental, una contemplación razonada de los espacios, hasta que alguna conciencia adulta nos dicta un malestar que proviene de la impotencia: nuestra forma de comprender la vida de la sociedad solo nos llega desde el momento en que nos plantamos afuera de ella, justo donde la más mínima acción real nos está vedada. El mismo espacio que habitamos se nos convierte en objeto separado, con un hábito bien aprendido después de cierta cantidad de libros leídos.

Es por esto que la dinámica del acercamiento es compleja, y me parece esta la clave de lectura para comprender Matadero, de Roberto Bustamante. Estamos obligados a entrar al tema, pero bien podemos intentar la operación inversa: salir desde el tema al encuentro del lector. Esto implica ya no la voluntad de aprender (esencialmente una operación de traspaso de información), sino la de aprehender, situarnos en el cruce entre paisajes, flujos sonoros, aromas y hedores, hábitos de existencia e interrupciones de esos hábitos en los momentos de gesta que imponen los movimientos obreros y la afición deportiva, o en los momentos luctuosos que imponen las masacres y las catástrofes naturales. Son sustancias, hechos y ánimos que resisten la explicación y solo aceptan la exposición, y acaso -que es lo que nos interesa- la invitación a revivirlas. 

La poética puede, en virtud de su ancestro ritual, proto-religioso, acercarse a la operación de sortilegio necesaria para darnos de vuelta esta vivencia pasada. Se trata de su poder de suspender la distancia prudente para ponernos ya no de frente, sino dentro de otras vidas anteriores que siguen resonando, de algún modo, en nuestra herencia cultural más íntima y personal. Este movimiento ya no tiene que ver con la voluntad de conocimiento característica de la sociología o de otro tipo de análisis, sino de algún modo con una suspensión de esa voluntad, el reconocimiento forzoso, como bajo el efecto de una droga, de nuestro particular y personal habitar de nuestras ciudades. 

Esta suspensión de la distancia de observación me parece el logro fundamental del libro de Roberto. Desde una ciudad distinta (y tan similar), puedo reconocer que pertenecemos a la misma comunidad, una que incluye también al boxeador Loayza y al matarife de los años gloriosos, al migrante caminando a la ZOFRI o acá mismo en Cerro Barón, a los eternos viejos de Plaza Echaurren, y ampliando la mirada, a Pedro Páramo o a Roberto Bolaño, una comunidad que deja fuera a los planificadores de ciudades, a los administradores de la cultura que no dejan sus oficinas académicas ni aunque tiemble, y a aquellos que desde tres comunas junto a la cordillera han administrado la vida económica de nuestras comunidades marítimas desde hace ya tanto tiempo. En el libro de Roberto veo esa reconciliación necesaria entre vida y pensamiento de clase, que al menos en la página rompe la separación que nos ha impuesto un cierto modo de ver la cultura: el modo del burgués.

Por ello, la elegía situada de Matadero, no es la lamentación por una pérdida abstracta e irrecuperable: me parece que lo que resalta es el dolor por una comunidad que dejamos de ver y sentir, una comunidad que dejó de reconocerse como tal, si bien afirma su presencia latente en la misma escritura. No es casualidad que sea en estos días y en esta coyuntura que hablamos de esto, y que el libro de Roberto le asigne tal patente de existencia a la evocación, o diríamos, a la invocación, a este acto de traer de vuelta espectros que parecen ansiosos de criar carne y sumarse a la sustancia de las luchas del hoy. Desde lo local, Matadero afirma una noción de país y de cultura popular que estamos sintiendo en toda la inquietud del momento que vivimos.

 

 

 

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