Catherina Campillay | Chile

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Biografía

Fotografía: Raúl Goycoolea

Catherina Campillay (Viña del Mar, 1994). Obtuvo una mención honrosa en el Premio Roberto Bolaño el 2018. Ha sido becaria de la Fundación Pablo Neruda y del Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas. Publicó la plaquette «mal de ojo» (Lorkokran, 2019) y los fanzines «objetos descontinuados» (2017) y «horario de visitas» (2018) (Microeditorial Amistad). Fue antologada en «Maraña: panorama de poesía joven» (Editorial Alquimia, 2019). Este año publicará «presunta desgracia» con Libros del Pez Espiral.

 

Catherina Campillay

 

-¿Cómo enfrentas la escritura del poema? ¿En qué punto consideras un texto próximo a su cierre?

Creo que cada texto tiene un proceso diferente. También esto tiene relación con el dónde se enmarca, con qué otros textos dialoga. Algunos parten de la anotación de un par de versos en el celular, otros de alguna lectura que me empuja a escribir, algún estímulo con el que me encuentro por ahí: algo que escucho, que veo, en que detengo la mirada, algo que detona un recuerdo, asociaciones y palabras. Esto significa estar abierta a poner la atención constantemente sobre lo que nos rodea y lo que nos habita. Después paso a la escritura, que muchas veces se aleja de ese impulso, toma otros caminos, los suyos propios. En ese momento, antes de la corrección que tiene sus propios tiempos, sucede algo con el lenguaje, que se va desenredando y enredando a la vez, con aciertos y, muchas veces, frustraciones. Sobre lo del cierre, es algo que me estoy preguntando siempre. Por ejemplo, tengo un libro, pasar la sal en la mano, que llevo trabajando unos cuatro años y que nunca he sentido que cierra. Cada cierto tiempo vuelvo a él, lo reviso, corrijo cosas. En eso también hay algo de intuición, una sensación de clausura que sí me sucedió con presunta desgracia, que saldrá en octubre por la editorial Pez Espiral. Ahí decidí cerrarlo porque encontré los límites de lo que quería y podía decir. Fue una sensación de “esto es”. Luego, en el proceso de edición, agregué un par de textos que me hicieron sentido y que sentía que faltaban, pero ya sabía cuáles eran sus límites. Los sentía visibles. Así, también las experiencias son múltiples, al menos para mí. Cada texto te pide distintas cosas, te lleva a distintos lugares, lenguajes y referencias. Supongo que para dar con un cierre es necesario poner atención a qué te va diciendo y qué te va pidiendo en el camino.

-¿Qué importancia juega la revisión/corrección en él? ¿Existe una lectura por parte de terceros?, y si la hay, ¿cómo dialogas con las sugerencias u observaciones recibidas?

Para mí la revisión y corrección es constante. Hay poemas de hace años que aún miro y cambio algunos detalles. Desde cosas mínimas hasta cortes, versos de los que me desprendo, dejo ir. Cada vez que los miro, con el paso del tiempo, me puedo enfrentar a ellos de distintas maneras. Sin embargo, también intento tener en cuenta en qué momento nace el texto, qué me pidió. Esto sucede cuando se guarda en el cajón, se deja macerar y puedes tener un poco más de distancia. La posición con la que te enfrentas a él va mutando. Y eso significa que se va haciendo por un tiempo más o menos largo, quedando abierto y dejando la posibilidad de ver qué hallo ahí.

Sobre la lectura de terceros, para mí es muy importante. He participado de varios talleres y colectivos donde trabajamos textos, además de conversaciones y comentarios de otras personas. Siento que eso multiplica las miradas y lo enriquece. En ese mismo proceso se van ampliando los horizontes, aparecen nuevas preguntas, aristas que, al estar tan pegada al texto durante el proceso de escritura, se pasan por alto. Las conversaciones que se pueden tener sobre los poemas también tienen otra cosa. Cuando estás metida en algún tema, algún problema del lenguaje, en ciertas imágenes, hay algo de obsesión ahí. Compartirla con otres a veces se vuelve una necesidad. En ese intercambio se iluminan muchas cosas, le das forma a lo que estás pensando, a lo que te habita en ese momento.

Al respecto de cómo dialogar con las sugerencias, yo creo que se relaciona con desde dónde se formulan y desde dónde te están leyendo. A veces una no coincide con la mirada que le dan al texto, por lo que es posible ver que esas sugerencias no apuntan hacia donde tú buscas y exploras. Esto sucede muchas veces cuando la persona que te lee y comenta intenta encajar tu escritura en su propia visión y poética, sin considerar la posibilidad de otras aproximaciones a la poesía, en este caso, la propia. Pero cuando hay una comprensión e interés en el camino que vas tomando, cuando puedes darte cuenta de que la lectura respeta y está en una sintonía con el texto, es cuando aparecen los mejores comentarios, aquellos a los que hay que prestar especial atención. A veces, aunque esto suceda, no se toman los comentarios. Ahí funciona también ese proceso de distinguir lo que tiene sentido dentro del texto y lo que pareciera no pertenecer ahí. Es cosa de tomar decisiones.

-¿Consideras que el poema ve afectada su naturaleza cuando alguien sugiere modificaciones y el autor acepta estos cambios? ¿Pierde autoría?, ¿se colectiviza el poema? ¿O este proceso resulta, más bien, parte de una operación complementaria que no interviene significativamente el texto?

Creo que esa operación definitivamente interviene el texto, pero eso no es un problema. El poema es mutable, al menos para mí, está en constante revisión y relectura. Su “naturaleza”, si tiene algo así, es fluida. En ese sentido, creo que la autoría no pasa a ser necesariamente colectiva. Escribir siempre tendrá esa parte solitaria, de quien está frente al texto. Nace en ese momento donde se despliega la dirección, el lenguaje, donde aparecen las imágenes. Pero eso no significa que no pueda alimentarse del contacto con otres. Sí, interviene, pero de la manera en que el diálogo siempre está interviniendo la forma en que nos relacionamos con el mundo.

-¿Qué es lo que el autor no ve en su propio poema?

Son muchas las cosas que pasan desapercibidas, especialmente debido a la relación que tenemos con el lenguaje. Las palabras muchas veces cargan con un peso que nos excede y que, al abrirse a otras miradas, muestran cómo nuestra relación con ellas se expande desde diversas perspectivas. Eso nos recuerda que no somos dueños de ellas y que cargan con su propia historia, la que se cruza con las experiencias de las personas que las leen. Las palabras existen antes de nosotres y también después. Eso significa que, a pesar de intentar tener un control sobre lo que sucede en el poema, ese se nos escapa de las manos cuando el lector posa sus ojos sobre él. Las asociaciones, el efecto sobre la sensibilidad, la conexión —o su ausencia—, van generando capas de sentido que, desde la experiencia de quien escribe, son imposibles de asir en su totalidad.

-Por último, a nivel nacional, ¿existen dinámicas de lectura crítica —previa publicación— entre el sello editorial y el/la poeta?

Creo que hay un espectro amplio de relaciones entre editor y escritor en el panorama de la publicación de libros en el contexto nacional. En mi experiencia, y la que conozco de otros poetas que han pasado por ese proceso, existe una lectura profunda y que va dando forma a lo que será finalmente el libro. En el caso específico de presunta desgracia, el trabajo de diálogo con Victoria Ramírez fue detenido y me ayudó mucho a darle la forma que tiene ahora. Sin embargo, en el otro extremo están las editoriales que simplemente funcionan como servicios de imprenta, en el que el libro —pagado por el mismo autor— no recibe esa retroalimentación. Eso significa que hay distintas visiones del rol que tiene la editorial, que, según mi opinión, debe hacerse cargo no solo de una corrección de estilo, sino que debe enfrentarse a una lectura profunda, cuidadosa y atenta, propositiva y conectada con el manuscrito (que no es lo mismo que un libro).

Catherina Campillay


Libros del Pez Espiral (Chile, 2020)

 

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