«Ha muerto el Alf, ¿quién vive ahora? o una olla digna de Macbeth» por Julio Barriga

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Fotografía: Willy Camacho.

 

«Ha muerto el Alf, ¿quién vive ahora? o una olla digna de Macbeth»

Por Julio Barriga

 

 

Mi ya frágil memoria no conserva ese mágico momento del año 80 en La Paz cuando Adolfo Cárdenas Franco ingresó en mi existencia, sin duda bajo el patrocinio de Humberto Quino y Jorge Campero con quienes junto a otros próceres de la época sobrellevamos una bohemia pródiga en jornadas a veces desastrosas a veces hilarantes o todo junto pero siempre enriquecedoras y fundacionales. Asteríx o Alf, como era conocido este querido amigo cultivaba entonces una literatura casi indigenista con influencias de sus amados Rulfo y J M Arguedas sin perjuicio de una insólita y vasta erudición que me hizo compartir la poco conocida ficción histórica de Karel Kapeck o al asombroso anticuarista Marcel Schowb y aun otros autores de culto entonces poco conocidos como J K O’Toole, Jhon Fante, Sheridan Le Fanu, Barbey D’ Aureville, Bierce, J R Ribeyro, Valdelomar, devoción onettiana e indiferencia benedettiana, etc y etc. Rescato como un tenue sueño el recuerdo de una épica borrachera de 48 horas que acabó en su primoroso y minúsculo departamentito de Obrajes donde se cocinó una sopa igual a otra que conocemos de El Tambor de Hojalata del a veces sobrevalorado Gunter Grass. Diversas cochinadas incluido un zapato confluyeron en la olla digna de Macbeth de la que me tocaron dos o tres vomitivas cucharadas!!

Asistimos con regularidad a almorzar donde La Bolita; él ya portando a la querida Libertad en sus hombros como una petite versión de San Cristóbal.

La pequeña gustaba de afirmar que su papá era chiquito porque tomaba mucho. Buen tiempo y a horas imposibles fuimos habituales de El Averno, el Khellas, La Maldad y otros antros de las adyacencias de la plaza Belzu y el mercado Rodríguez sin que sospecháramos que ya estaba germinando la genial Periférica Boulevard, suficiente para proyectarlo a una inmarcesible posteridad.

Más allá de la fascinación que ejerce su incursión en lo coloquial y que lo coloca a un nivel de, por ejemplo, Xavier Velazco en Diablo Guardián, quiero acordarme de un aspecto paradigmático de su erudición cuando en un capítulo ilustra graciosamente siglos de plástica boliviana desde M P de Holguin hasta la contemporaneidad con Guzmán de Rojas, Arturo Borda, Imaná, Morales, Arandia descritos en una inspiradísima ècfrasis.

Compartimos con Rosso, Campero et al cierto snobismo de los accesorios pues coleccionamos, intercambiamos, empeñamos y perdimos alternativamente estilogràficas finas, chalinas de diseñador, billeteras, navajas, relojes, gafas, primores bibliográficos y tantas cosas escurridas por las sentinas de las noches.

Reconozco que fue la persona más allegada que tuve en mi periplo paceño y mi iniciática en las letras bolivianas junto al Bretón de Tambillo y al Monje Campero; esa convivencia nos valió figurar en las peripecias más sórdidas y exóticas tan caras a su corazón; y trabajamos de extras en una de las mayores obras de la bolivianidad.

Querido Adolf: tuviste que morir para que te reconocieran tu genio universal. Que Jaime Iturri se arrepienta siempre de haber concurrido con su voto a la entronización de una novela mediocre y olvidable en perjuicio de tu ópera magna que ya supera la decena de ediciones y versiones en teatro, comic y cine mientras la otra llenaba los anaqueles en su invendible e ilegible afán.

No digo adiós porque siempre estarás en mí y en todos quienes gozamos tu inmensa capacidad de amistad y tu intenso sentido del humor.

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