Omar Alarcón Poquechoque | Bolivia

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Omar Alarcón Poquechoque (Sucre, Bolivia. 1986). Ha participado en Festivales locales e internacionales de poesía y ha publicado sus poemas en diversos revistas y periódicos del país. Con su primer película largometraje Mar Negro (2018) ha ganado el premio a Mejor Director en el Premio Nacional de Cine de Bolivia “Eduardo Abaroa 2018”.

  • Roca Negra (Ediciones Andesgraund. Chile, 2020)
  • Mil y una noches sin Wi-Fi (Valparíso Ediciones. España, 2021).
  • El corazón entrega sus muertos (Editorial Pasanaku. Bolivia, 2006)

 

  • Anne Sexton (Estados Unidos)
  • Máximo Pacheco (Bolivia)
  • Oscar Cerruto (Bolivia)
  • Hugo Mujica (Argentina)
  • Clider Guitierrez (Bolivia)

 

 

 

Omar Alarcón Poquechoque

 

 

(de Roca negra, Ed. Andesgraund. Chile, 2020)

 

*

El adiós no se dibuja en la palma de la mano, no se nombra. Sin la piel es inútil recordar el
viento. Cuando cerramos los ojos no morimos de lo que se pierde, morimos por no vivir.
Caminamos desde siempre con un cuerpo acostumbrado al vacío. Sin embargo, tan sólo un
gesto es capaz de inaugurar el aire. Amamos desde el olvido. Lo que somos, no nos basta para
ser. Las orillas de nuestro cuerpo buscan la piel borrada con el tacto. Somos el adiós que no
permite despedirnos. Nos marchamos sólo al cerrar con un beso la última puerta. Entonces
dividimos las sonrisas en colores, los perfumes en recuerdos. Y para siempre, atravesamos el
portal, con las manos vacías.

*

Al cerrar los ojos volvemos a inventar la luz. Esa luz muriendo en nosotros para sacrificarse y
darnos vida. Cada mañana soltamos garzas en el aire. Abrazamos árboles recordando nuestro
cuerpo. Y sostenemos un gorrión herido en la palma de la mano, ofreciendo a la muerte, lo que
en secreto recogemos de nosotros mismos.

*

La eternidad no cabe en los bolsillos. El viento nos toma en brazos como una madre. ¿La poesía
es una máquina de luciérnagas en la noche? Caligramas del pasado somos. Dibujos de un niño
ciego en las paredes. Cometas huérfanos. Poemas quemándose en el aire.

 

 

(de Mil y una noche sin wi-fi, Valparaíso Ediciones. España, 2021)

 

 

HISTORIA DEL CERO

 

Antes de las matemáticas, los pueblos de Mesopotamia 

representaban el infinito con un círculo. 

   –El círculo –decían– es el origen del tiempo.

 

Entre los mayas el cero podía ser: 

el dibujo de un hombre con la cabeza al revés, 

una flor, media flor, o un jaguar devorando la mañana.

 

Bajo un árbol, Siddhartha Gautama supo que el vacío 

era el lugar donde nacía la respiración. 

El origen de Todo era la Nada. 

Y la Nada podía ser un estornudo, la flor de loto, el 

silencio, o su mirada.

 

Siglos más tarde el matemático indio Brahmagupta 

dibujó por primera vez el cero como una serpiente infinita 

mordiéndose la cola. 

Ese dibujo es el que usamos todavía: “0”. 

 

Los árabes lo trajeron a occidente 

después que Al-Khwarizmi descubriera el álgebra 

y pasara la humanidad entera por el ojo de una aguja.

 

La invención del cero abrió un espiral entre los 

números, una puerta giratoria en cada cifra. 

Los bits de las computadoras, los algoritmos, los chats, 

el código de barras, las URL, los cracks, la mecánica 

cuántica: son el bostezo de la serpiente infinita, 

un carrusel girando en la nada.

 

 

MIL Y UNA NOCHES SIN WI FI

 

Al caminar los largos pasillos de una biblioteca

pienso que cada libro es un enigma que debería leerse 

con los ojos cerrados. 

Omar Khayyam, tenías razón sobre Las mil y una noches, 

la eternidad es una mariposa.

Si estuvieras conmigo frente a esta computadora dirías:

   –El mundo virtual es un espejo infinito, una mirada sin 

tiempo –pero nunca escribiste esas palabras.

Ahora estoy seguro, el río en que vivimos, fluye dos 

veces en los sueños. 

 

Acércate Omar, escribe conmigo. 

Podemos enviar este poema con un solo clic a Nínive,

Persépolis o Cartago.

¿Prefieres escribir una carta a Ciro II el Grande? 

No te preocupes, el correo electrónico 

prescinde de carteros, de retrasos. 

De todas formas, el destinatario es un mar diluido, 

cada buzón esconde en su interior un nido de libélulas.

 

Recorro junto a ti, por última vez, los enormes estantes 

de la biblioteca donde están guardados el Poema de Gilgamesh, 

la Ilíada, el libro de Job, la Divina comedia y los Upanishads.

Desconecto la computadora y leo en tu mente mi 

último pensamiento: 

   –La eternidad es el lugar donde Las mil y una noches 

nos sigue soñando.

 

 

TELETRABAJO Y COSECHA DE ILUSIONES

 

Sentado frente a la computadora siento mi cuerpo 

como una ausencia mal codificada. 

El teletrabajo divide mi sombra en dos, 

cada mañana el telón del dormitorio abre y cierra 

una oficina virtual donde únicamente la soledad me 

guiña un ojo. 

 

Después de ocho horas en la misma posición pienso en mi 

bisabuelo Gregorio Poquechoque, que cultivaba trigo en 

campos donde sólo crecían utopías. 

Sus manos eran una cosecha de ilusiones y en sus brazos 

aleteaban sus hijos igual que los recuerdos.

 

La primera vez que llevaron una radio a su pueblo

todos preguntaron cómo hicieron las personas que allí 

hablaban para entrar en un aparato tan pequeño. 

 

Imagino a mi bisabuelo Gregorio, 

brindando por la invención de la radio, 

celebrando los nuevos inventos, 

con un vaso colmado de enigmas.

 

 

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