Sobre Cristo Barroco de Daniel Rojas Pachas por Fanny Campos Espinoza

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“Vivir epigrafiando” Sobre Cristo Barroco de Daniel Rojas Pachas Por Fanny Campos Espinoza

Los epígrafes con los que comienza Cristo Barroco de Daniel Rojas Pachas serán tan sólo los primeros de una larga serie de citas, en su mayoría, de poemas, pero también de canciones y películas. El primero corresponde a un verso de Porqué escribí del chileno Enrique Linh (del cual se origina el título mismo del libro en comento), seguido de un verso del poema Formas del peruano Luis Hernández que habla de este “vivir epigrafiando” como modo de escribir poemas, al que hace honor Rojas Pachas.

Desde su título, esta obra es una suerte de homenaje a nuestro querido Enrique Lihn y a otros poetas que porque escribieron tuvieron la ilusión de tener el mundo entre las manos como cristos barrocos, malogrados, de rojas carnes abiertas chorreando sangre, con toda esa crueldad tan innecesaria como la poesía misma. Tan innecesaria e inútil como irrenunciable, la lucha perdida de antemano que poetas sostienen con tan absurdo y endogámico tesón que raya en lo patético.

Vivir epigrafiando es parte de la misma obstinación en la palabra y falsa ilusión de que con ella y en ella se logre encerrar, vislumbrar, acaparar, representar, rememorar, tener e intentar retener todo el mundo o vida en la lengua que nos perviva, pese a la dolorosa lucidez que a su vez también nos otorga, la conciencia del irremediable paso del tiempo y la fugacidad incluso de los afectos más profundos.

En ese sentido, tal como en el célebre poema La Pieza Oscura, existe en Cristo Barroco una nostalgia de amores de infancia, como en el sexto poema que se titula como algunos de los versos del mencionado poema de Lihn. Cito a Rojas Pachas:

“Es difícil encontrar dentro de nuestra especie/seres que atesoren la maravilla del silencio,/por eso he optado por renunciar al amor./Aunque un día… /conocí de modo casual/ a una niña que mordía su lengua al verme perdido entre mudos desvaríos,/ compartimos unas tardes agradables/ (…) pero luego,/como mi preciada mudez/ fuimos apaciguados por la memoria y la necesidad de crecer…” del poema [Y no he cumplido aún toda mi edad ni llegaré a cumplirla como él de una sola vez y para siempre]

Esta nostalgia que produce el paso del tiempo que todo lo va borrando, no sólo se refiere a amores románticos de la infancia, sino incluso al amor filial al padre.

Así en el poema que lleva por suerte de título buena parte del poema breve Infancia de Enrique Lihn, Rojas Pachas se pregunta si su padre pensará en él “como yo / pienso en ti, al salir de la ducha y mirar al espejo el efecto del tiempo”, en esa “ausencia telepática”, únicamente “apostando a la curiosidad del otro”, ese otro lejano que ya no es el que fue, y de quien se estuvo tan unido en un tiempo irrecuperable. (poema [La infancia: el tema de unos juegos florales relativamente feroces…])

El poeta como cristo barroco, fiel reflejo del dolor por el sinsentido de la vida y del oficio, de la derrota que es estar vivo y escribiendo únicamente para jugar un juego que a nadie importa, intentando ser parte del entramado que tejen poetas (usando esa palabra como ofensa, al modo del Lihn) para ocultar el miedo tras la rejilla metálica, o en palabras del autor “pequeños lagartos que alucinan ser un pequeño dios o algo más que una cuerda tendida entre el mono y lo incierto.” (poema [Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor])

Cito a Rojas Pachas:

“(…) y hablar/ desde la ingenuidad de la poesía, hablar con los puños, a gritos…/pretendiendo tartamudos, que aún puede decirse algo nuevo/ o más incierto todavía…/Entenderse.//(…) resulta sencillo afirmar -Todo ha sido una derrota” (del poema [Nada se pierde con vivir, ensaya; aquí tienes un cuerpo a tu medida. Lo hemos hecho en sombra por amor a las artes de la carne] )

“Todavía sufrimos esta fugacidad de la palabra./ Encaramados a la transparencia de juegos que a nadie importan/ (…)/ Y estrangular los verbos, a la luz de tales menesteres, no parece gran cosa,

El esfuerzo termina por convertirse en un remedio barato a la hora de joder la médula del ocio” (del poema [La risa / O el teléfono /Me pretextan /Hacia la vagancia])

¿Nos iremos derrotados, tras una vida de intentar vanamente comunicar, tratar que alguna que otra sílaba metálica se adhiera al gran entramado, que tal vez permanezca suspendida en el tiempo por algún rato (ojalá mayor al que tardan los roedores y gusanos en carcomer la carne de quienes escribimos), una esperanza infantil, una derrota augurada de antemano?

No obstante, así como Enrique Lihn nunca salió del horroroso Chile, pese a sus múltiples viajes, y Luis Hernández nunca fue feliz, pese a haber perdido varias veces su felicidad; así Rojas Pachas irreverente termina este libro redimiendo el oficio, la vida y el amor.

Cito a Rojas Pachas:

“(…) y en medio de aquella nada que permite un destello./Ese segundo de feroz lucidez/ tan requerido/ tan impreciso/ tu rostro arde y pienso intemperante,/ la poesía me sirvió para esto…”

“(…) y podremos… al final del día,/entender siquiera, el paso que hay de aquí al sol.” poema con el título de un verso de Lihn [por sus prontuarios no los conoceréis]

Porque la poesía inútil al menos sirve para eso, para en un segundo de feroz lucidez redescubrir el ardor en el rostro de la persona amada, la carne fuera de lo verbal, procurando comprender al mundo fuera de lo verbal, entre lágrimas en forma de sílabas descompuestas, como se señala en el último poema [Tú y yo hablamos de amor].

Además de esa suerte de redención, y pese a todo el dolor de Cristo Barroco, el hablante parece no perder del todo la esperanza de la que Shakespareare nos da cuenta no sólo con palabras, acerca de la promesa de crecer en versos inmortales, de vivir mientras alguien vea y sienta/ y esto pueda vivir y te dé vida, como Rojas Pachas nos recuerda en el penúltimo poema- epígrafe Tercera Muerte o segunda lectura, que consiste en citar versos del soneto XVIII (18) de William Shakespeare.

Terminado esta breve reseña, no quiero dejar de mencionar que Cristo Barroco da muestras de ser parte de una obra en consciente proceso de escritura, una obra que se reescribe cada tanto, mediante esta interesante técnica de Rojas Pachas consiente en la apropiación de versos de autores admirados utilizados como títulos entre paréntesis “[ ]”, que se mezclan con epígrafes de otros autores que están en la misma línea que la idea que se quiere desarrollar en cada texto y en su conjunción con los que conforman el cuerpo escritural que no nace independiente de los otros libros del autor que les anteceden (tanto textos poéticos como narraciones) ni de los que seguramente se planean sucederle, y todo por supuesto, como parte del entramado mucho mayor de lecturas que se van citando y re-citando. Justamente lo que parafraseando a Rojas Pachas sería un delirio caprichoso, mientras encerrado parece jugar a tientas con un puzzle astillado.

La autocita como auto re-escritura es otro recurso recurrente en este autor, en una suerte de fragmentación de los textos, lo que resulta la forma más congruente al contenido tratado.

En ese sentido, Rojas Pachas no sólo cita Galaxias de Haroldo de Campos sino que él mismo está generando toda una galaxia textual e intertextual.

Rojas Pachas no sólo escribe apropiándose de la idea de tejerse un libro a la medida, sino que se nota que se encuentra realmente abocado a la angustiosa tarea de la memoria como escritura imperfecta. Rojas Pachas se encuentra en el inagotable intento de escribir ese palimsesto infernal, ese proceso interminable de citas y referencias, y auto-referencias, ese vivir epigrafiando en medio del texto que recomienza para finalizar en una nueva partida que se inicia para no acabar nunca.

Cristo Barroco no empieza en Cristo Barroco ni tampoco acaba en este libro, tampoco es posible que acabe en los venideros que de seguro podemos esperar que sean el intento persistente de tratar de contar la misma historia ya antes intentada ser contada, dispuesta a continuar en ese boceto de nunca acabar, aunque se sepa de antemano que es una batalla perdida… a fin de cuentas, con Bolaño, sabemos que justamente eso es la literatura.

Bueno, en palabras de Cristo Barroco “Al menos hemos sacado en claro,/ uno que otro generoso silencio…”

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