Autores/as Panza de Oro 2019

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Autores/as Panza de Oro 2019

 

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Elvira Hernández (Lebu, Chile, 1951)Poeta, ensayista y crítica literaria. Entre sus publicaciones destacan: ¡Arre! Halley ¡Arre!, “Carta de viaje” ,“La bandera de Chile”, “Los trabajos y los días”, “Pájaros desde mi ventana”. El año 2018 obtiene el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, 2018.


ESCENARIO DE PAZ / ESCENARIO OLÍMPICO

Las palabras – dardos que salen de la boca
tras un blanco indefinido. Salen
en cantidades industriales
cuasi plaga de langostas.
Muchas de ellas vienen muertas
otras no nacidas.
¿La paz? La silueta que no se recorta
ante los ojos de sus observadores.

Estamos en el corredor del espectáculo.
Al frente es la franja de Gaza.
 
 
A VUELO DE PÁJARO

La poesía ha hecho costumbre
de tomar algo por la punta y
agotarlo por el cabo. Ir
sobre las cosas como en reguero de pólvora.

La poesía no es temática.
La poesía habla de todo al mismo tiempo.
La poesía es caja de sorpresas
Caja china
De Pandora
Una caja

Hay que darle como caja
a lo que viene por delante.
 

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Fernando van de Wyngard (Santiago de Chile, 1959) Poeta, teórico independiente y editor. Entre sus publicaciones destacan: El valle del murciélago, Lo inminente, El inicio es aún y Dios-Aparte. Ha creado los sellos Equis, Objeto Imaginario y Nonsense. Actualmente, desarrolla seminarios y talleres de formación en diversas áreas de la filosofía del arte y la creación.

PRIMUS      

        en cuyo caso francamente no pudiera
llegar de un solo cuerpo / sino en facsímil ambulatorio
como si fulan persona estuviese de turno en ese cielo / en ese hostal
del que no cabe ni decirlo / inhumano por pariente

no seas anzuelo de la vida / pórtate
en defunción agregada –a lo más regio que en nosotros hubo
con antelación a todo proceder / como esquirla
o esquina extrema del redondel donde yacemos
y en que somos admirables / postreramente edilicios
regias margaritas de un día eterno que se desoreja
por la prisa de oírnos el contorno

una réplica bastará además –para que seamos de a pie
lozanos / mientras nos sacudimos el paisaje
cuya disimetría deviene siendo desaguadero para aquellos flujos
de fetos encabritados por un frío que haya en el oceánico nombre
            
que no los nombra 

uno iza su porte enraizado en la turbulencia que a su vez desata
(qué hacen hojas de muérdago en la juntura de tus labios oprimidos?)

 

SE DOCUMENTAN INDICIOS PARA LA EXISTENCIA DE UN
LAVABO
BAJO LA PLENA CORDILLERA DE LAS CARNES
                        
ASÍ DESMESURADAS
Y NOS DECIDIMOS A HURGAR LA RUTA DEL SUSURRO
SU DESTINO.    SU TÁCTICA. SU ASEDIO.
CON EL TRAZO SIENDO RUIDO ANTIGUO     (QUIZÁS
DE QUÉ SEDIMENTOS) Y PERPETUAMENTE
TORCIDOS POR EL SUFRIMIENTO FETAL

DE UNA INVENTADA VASTEDAD QUE NO ES CIERTA
(QUEDEN POR TANTO
            
COMO SERIES EL GRITERÍO ENARBOLADO)
 

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Paura Rodríguez Leytón (Santa Cruz, Bolivia, 1973) Poeta y periodista.Entre sus publicaciones destacan: Del Árbol y la arcilla azul azul, Ritos de viaje, Como monedas viejas sobre la tierra, Instante claro. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Gobierno Municipal de Sucre,1999. Y en 2013 la Unión Boliviana de Clubes del Libro premió su aporte literario con una Medalla al Mérito.

7

Deambular sistemáticamente ante los otros,
ante los ojos de los otros.
Lograr una forma desenfadada y rústica.
Y los latidos,
y la ausencia derrotada,
y los trabalenguas aprendidos.
La única forma de mis manos
es la de mis propias manos.
Hay que aclarar los ojos ante este cuadro,
pero está la ola grisácea,
el mar.
Besas mi aureola custodiada,
los fondos desmigajados
por el sudor.

18

La gente
habla
de su pequeña vida,
de los chispazos de oxígeno
inyectados
en este sueño
de mutilados
pasos hacia la nada.

La gente
habla
de su pequeña vida
y enhebra
guirnaldas de flores para redimirse,
riega sus raíces
para brotar aunque haya palabras rotas,
y tararea ruidos
que se cierran como puertas imaginarias.

La gente
habla
de su pequeña vida
y edifica estructuras
con delirios que apuntan al cielo.
Enhebra guirnaldas de flores para remozarse,
pese a la bruma,
pese al silencio
solapado.
 

 

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Sebastián Goyeneche (Junín, Argentina, 1986) Pianista, poeta y editor. Ha publicado Pluma diamante, Flores el intento, Ginkgo biloba, Biografía de un bandeirante, Diseño y armado de vidrieras, Lo no-excluyente y Necamesia (libro co-escrito con Grau Hertt, 2008). Dicta talleres de edición y clínica de obra. Es director editorial del sello Nulú Bonsai Editora.

flamencos durmiendo

el poema empieza
con esta imagen:
tres palomas durmiendo
en el hueco interior de un ex conventillo.
en el atelier
de la artista plástica
se decide
este poema
por rejuvenecer
el tallo de un libro
flamencos durmiendo
en una baldosa de agua
dentro de un hotel-casino
cuatro son los límites
de la rosa del viento
y oscuro,
el pasadizo que se limita
a mostrar el otro lado
del puente,
isla a conquistar sin música
palomas durmiendo en lo oscuro
¿de qué color son, plástico?
los artistas
sólo hablan
ninguno esas nubes
rosadas,
la playa un manto
de flamencos viniendo.
 
 
cosas de mundo

nunca entró el viento
en mi baño
nunca los ciervos

mi baño no existe.
 

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Catherina Campillay (Viña del Mar, Chile, 1994) Licenciada en Artes mención Teoría e Historia del Arte. Ha publicado los fanzines Objetos descontinuados, y Horario de visita. Ha sido becaria de la Fundación Neruda y del Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. El año 2018, obtiene mención en el Premio Roberto Bolaño, categoría poesía.

 
     
mal de ojo

qué hiciste
que ahora tienes que tantear
con la manos cualquier terreno

quién miró a tu madre
con tanta fuerza
que dejó en tu muslo izquierdo
una marca de nacimiento
          
una vez dijiste
          
tenía forma de candado
          
y que en alguna parte
          
podría encontrar la llave

dices no hice nada
aunque sea incompatible
pensar en los pecados de otros
y en su efecto sobre una nube
que se deposita dentro de tu ojo
          
te aleja de aquello
          
que más buscabas la luz

aunque dices que su ausencia no es negra
sino gris más parecido al gris
ya no cuentas con aquella fuerza
que incluso algunos animales parecieran tener
cuando te miran fijo
al acechar detrás de un arbusto tus pies
 
oasis en el aire

hay más polvo
que personas
          
desde ahí buscar una hebra
          
de la que puedas desenrollar
          
paisajes que no has visto
imaginar que los colores predominantes
son el amarillo y el azul
pero así describías una playa
y no hay nada más distinto
          
no hay aves que griten
          
pero aúllan cánidos dependiendo
          
de la altura del mapa

imaginemos que estamos cerca
de donde la tierra se termina de hundir
en su fondo siempre imaginaste
un lugar donde el sonido del desierto
es una canción sobre dejar al marido
por una mujer de pelo platinado
y sobre una historia triste
a la que llegas solo al final

el público nunca llenaría esta sala
ni siquiera los coyotes
podrían llenar las mesas
donde el polvo ha tapado las marcas
sobre la madera
hechas con cuchillos
que jugaron a no cortar nuestros dedos
saltando entre los espacios de manos extendidas
          
el único juego posible
          
cuando el sol no nos deja salir

predominan el amarillo y el azul
aunque la playa quede tan lejos
el último recurso es jugar
con cualquier arma

que llegue a nosotros
casi por suerte casi por azar
para entretenernos y dar vuelta
los sonidos que van juntando
tu hombro con el mío
mientras cantas sobre una pintura
que es la imagen de ti sin mí
el cielo alcanza un tono
dejas de verlo después de un rato
la tierra es amarilla
como si en cualquier momento
fuese a encontrar su camino de vuelta
a un pueblo nuevo
que va haciendo de la frontera
algo tan difuso
como la imagen
de ti sin mí

 

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Víctor Quezada (Antofagasta, Chile, 1983). Ha publicado los libros de poesía Veinte, Muerte en Niza, Yoko e Insistencia del día. Además del libro de ensayos reunidos Contra el origen y los relatos Compost y Bulto. Es editor del sitio de crítica La calle Passy 061. En la actualidad desarrolla el proyecto en línea Diario abierto. Web: www.victorquezada.cl

 


EL CUERPO INÚTIL

Y en verdad no hemos dejado de movernos, de adentrarnos en el desierto.
Con el cuerpo a cuestas, el cuerpo que es un surco y luego polvo y solo ruido, y a pesar del
roce, a pesar de su insistencia en desprenderse, este cuerpo que arrastramos nos seguirá la
noche entera.

¿Qué frutos, qué árbol, en qué cuerpo inútil romperá este cuerpo que es un surco?

 

¿QUÉ DIOS INSUFLA ESTE ARDOR EN TU PECHO, MARÓN, O SERÁ QUE DAMOS
NOMBRE DE DIOS A NUESTROS DESEOS?

 Construyamos un caballo para estos infieles
 Hay tanto dolor entre los hombres.

 Acabemos con estas aldeas
 Amputemos el prolongado brazo de la ciudad.

 Para cuando tu comida acabe
 Para cuando el frío te cale los huesos
 Cuando ya no tengas refugio
 El fuego en mi pecho será tu escudo
 Yo seré tu hermano, tu protector.

 Ven,construyamos un caballo para estos infelices
 La madera de sus cuerpos sostendrá tu casa.
 

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Diana Carolina Gutiérrez (Medellín,Colombia,1995) Comunicadora audiovisual, poeta y docente de medios y fotografía. Egresada de la Escuela de Crítica de cine de Medellín. Productora/directora de contenido para organizaciones. Ha publicado el poemario Ese Delirio y La mujer de correría.

 

Irse

Prefiero lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos. (…)
Prefiero tener reservas. Prefiero el infierno del caos al infierno del orden. Wisława Szymborska

Que se lleve el mar mi nombre
¡No importa!
Yo misma lo escribí en la arena y me senté a esperar que las olas ahogaran cada letra.
Siempre nos estamos yendo…
Que se lleven los cangrejos sobre el mar mis sueños navegando,
¡Qué importa!
Yo misma los até sobre sus lomos con ojos de medusa salvaje,
Siempre nos estamos yendo…

Que mi pecho tiente a Cronos y que quiera devorar mis huellas,
¡Qué importa!
No me extingo si camino por la orilla,
Buscándome.
 
Paradojas cotidianas 

Buscamos en desiertos poemas de agua,
Esperamos a pleno sol, una tormenta fría,
Y de los mudos canciones vastas,
de los ciegos Rodines, Picassos.

La gente se transforma en toda clase de cosas esperando hallar en un gargajo la
piedra filosofal;  y se afana por encontrar en la cúspide de una nariz oblicua la
gloria envilecida de un recuerdo. 

Está el arte y se sufre porque la vecina nos miró con asco,
Está el arte y agobia una voz sin alma de la que esperamos cosechar cerezas
exquisitas,
No cabe duda, al final queda la noche y el poema,
Al final, esa frase del libro que se coge por azar y te revela la existencia en seis
palabras.

Al final, el poema, eso basta. 
 

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Felman Ruiz (La Paz, Bolivia, 1989) Ha publicado Fauces o de belleza magra y ha colaborado en fanzines y revistas digitales latinoamericanas. Fue parte del Laboratorio de Creación Poética de la Piscifactoría (Madrid, 2019). Explora la narrativa, poesía y fotografía.

 

DEAD HORSE.

Ciudades descomunales se levantan ante tus ojos
y cientos de avenidas que transitan por el mundo
como hipódromos 

Ves caballos de carrera
reventando el musculo para no quedarse rezagados
Galopar indomables hostigando imposibles
para que al caer
al menos su vida no haya sido silencio 

(ya lo había leído antes
o eres parte del ruido
o eres parte del silencio)

La intermitencia de una luz compacta
te devuelve a la broma cruel
del frio cuarto de baño
donde estas exactamente ahora

Asomas tu rostro al espejo
solo para que este te escupa.

El caballo domado
El hombre que pasta.

 

NATURALEZA MUERTA

Era una noche como cualquier otra
pero la escena nunca había sido más precisa.

Sentados en el comedor
masticando lo que nos queda de amor sobre el plato vacío

Al fondo
un cuadro simétricamente dispuesto entre los dos:

“Naturaleza muerta con canasta de frutas”

-Es inevitable, pienso

Quizás somos un cuadro superpuesto de fácil lectura
la tautología de que algo se pudre en esta casa

y no son 

precisamente 

las frutas.
 

 

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Jazmine Ortiz (Cochabamba, Bolivia, 1995) Ha publicado el poemario Lascivia. Ha sido becaria de la residencia artística Inmaterial, Iberescena, Bolivia. Es fundadora y coproductora del elenco de danza contemporánea y parte del Laboratorio de comunidades creativas (CCLAB) de proyecto mARTadero.

1.

Si sobrevivo aun
Es por mi salvaje pereza
Por tu féretro ausente bajo la espuma de mi madre
Tu ceniza confundida con mi nausea.
¿acaso no fui tu pupila en el espejo?
Fuiste solo el agua dura en esta corroída canaleta 

A veces, padre mío
Dejo de vomitar en tu plato
Comienza el alarido
esta voz de ahogado
Feroz a medida que envejece
Como la casa que se cae a ramas veinte
y un años después de tu partida
Sepultándome bajo el árbol de duendes que vigilan
bajo el asfalto
enraízas tus versiones de mi vida después de tu muerte.

*

Y así, serán norte potosinos los padres y los hijos. Y los hijos de los hijos de los hijos de los hijos.
Quedará marcado en su piel y en su apellido el estigma de un pueblo eternamente vejado,
un valle borracho, un frio sin nombre, una eterna tristeza al son del charango, al son de una pinkillada.

“Me he de ir, ya no he de volver
En la puerta de tu casa ya no me has de ver”

 

 

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Nelson Traba (Campodónico, Uruguay, 1967) Entre sus publicaciones destacan Agua de los ahogados, Estuario, Cuando esté muerto, Treinta y tres azoras, Nelson Traba y Los espectros CD de música y poesía, junto a Greg Cheynet. Obtuvo el primer lugar en Premios Nacionales de Literatura MEC, 1989.

 

Mariposas en la habitación
en el patio entre caobas.
Torpes y negras mariposas
como viejas palabras viajan.
Las últimas se marchan.
Amanece.
 
VII de Tres

El río trae botellas, atados de cartas no
enviadas, colillas y cajas de cartón. Los
peces sumergidos en sangre sangran por
nuestras llagas y llegan moribundos a la
cena. Él nos pidió tirar las redes hacia el
poniente -descreímos. Él nos habló de una
fe que no entendimos. Nos amó más allá
de merecimientos y nos pervirtió en las
noches del huerto para que fuésemos
testigos
 

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Isidora Vicencio (Puerto Cisnes, Patagonia Chilena, 1992) Bioquímica. Ha publicado la plaquette Primeras casas y el poemario Casas enterradas. Parte de su trabajo se encuentra incluido en las antologías Contramarea y Escritores en el Zaguán tomo III.


Corderos nacen en la nieve
 

Las piezas de un rostro se clavan
en mis circunvoluciones
como espejo advenedizo.
La importancia de las cosas
radica solamente en el espacio de una orilla
golpeada con marítima violencia
bajo la bruma perturbando luces empapadas. 

La persistencia del almácigo
se ve en la noche interminable
donde nada salva el frío
y los seres están hechos a la suerte de su piel. 

En todo amanecer de invierno
el sol se asoma sobre el monte
corderos nacen en la nieve
mientras lloramos las mil pérdidas que vamos a tener
corderos nacen en la nieve
a pesar de las esquirlas que atraviesan mi cabeza
y el sol vuelve a salir cada mañana
y vuelve a derretir la escarcha amenazante
y cada uno sale en busca de su muerte.

 

Casas enterradas

Antes la lluvia era tan helada,
las hojas temblaban en el suelo
como si su paso fuera el de un tirano
dispuesto a acabar con todo.
A veces la piel se despojaba de sí misma
para recibir las riquezas,
abrirse como tierra de cultivo.
Antes la lluvia desnudaba el hielo
y cada gota inundaba una ciudad.
A veces pájaros atravesaban la tierra
permaneciendo hasta sembrar sus huesos
detrás del suelo que gastaba el viejo tronco.
Antes no ardían amigos en el alba.
Las calles abismales recibían desaparecidos,
uno tras otro se juntaban en el viento
y cosían sus almas en el barro
cuando vieron que la ruta los quebraba.
Antes una y otra vez nos concibieron,
nuestros padres volvieron a mirarse
en todas las vidas posibles.
A veces lográbamos nacer.
Y llorábamos por la hermosura de las palabras,
llorábamos sobre los árboles muertos
que ocultaban el musgo que nos cubría.
Nuestro llanto era tan profundo,
se mezclaba con el río.
Entonces,
la lluvia abrazaba el tiempo.
Y nos mirábamos callados
esperando que no caiga la techumbre
en nuestras casas viejas y vacías
con muebles polvorientos y telas de araña,
pequeños calcetines en el tendedero
apuntando a la ventana que enmarcaba el mar.
Cómo quisiera estar allí, contigo
sentados en las sillas de Lenga
con un tazón de té, mientras la brasa mata el leño,
como un par de viejos solos que se amaron siempre,
contemplando, contemplando…
cómo el mar no cesa de moverse con el viento,
qué paciencia ha de tener que no se vuelve altivo o
qué solemnidad que no precisa orgullo.
A veces podíamos morir de hermosura
y la ciudad se saturaba de nosotros,
nuestro andar era cual muro impenetrable,
el universo temblaba en nuestro lecho.
A veces muerte reclamaba nuestra ausencia y
aun sabiéndolo mirábamos el mar enternecidos.
 

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Alejandro Herrán (Medellín, Colombia, 1993) Poeta, crítico y editor. Ha publicado Lapsus ebrios de existencia (poesía-ensayo), Cantos al morir el día, Ensayos en búsqueda de nuestra tradición y Rafael Gutiérrez Giradot o el devenir de un intelectual. Actualmente, dirige el sello Fallidos Editores (Medellín, Colombia).

II

Moríamos con la noche
entre el gélido abrazo del invierno,
quien tiritaba era el bosque
nosotros, agitados,
como la feroz corriente
del torrencial aguacero
que bajaba gota a gota
por nuestros cuerpos
no dejábamos plantearnos
la excusa del mañana
nos fugamos del instante
para ser con dios
esa pompa de jabón
perdida para siempre
con la brisa de la tarde.
Moríamos con la noche
faz oscura, señera y
moribunda del ocaso
la sed misericorde
el hambre tumultosa
la mar pudriéndose
en los cielos, la sangre
huyendo de los poros,
la misa oscura uva
celebraba, era Baco
encarnando en un insigne
monje que campana
tras campana anuncia
orgiásticos festines
era el día de la gracia
reventando ajís, manís
chocolatosos pezones
efervesciendo de miasma
y urgidas vulvas queriendo
ser helados y labios
sabios escupiéndose
hasta nunca más
morirse.

IV

Ecfrasis

Entre las nubes
un azul incierto
las montañas heridas por el sol
Es Enero
la espuma de las olas
dura menos
Es un lago
los ojos no se pierden a lo lejos,
al lado de la playa
ramas verdes,
aparecen desde
el agua,
que viene hacia nosotros
me pregunto si los otros se preguntan
por la brisa
helada es siempre
con pausas llega;
montañas veo,
con tonos distintos
cuando espesos bosques se debaten
cuando solo pastos amarillos:
pero son colinas sucesivas
en que lejanas casas siembran.
 

 

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Lucía Carvalho (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1993) Ha publicado el poemario Fiesta Equivocada. El año 2018 fue parte de la Residencia Poética, Festival Internacional de Rosario, Argentina. Colabora en Liberoamérica, plataforma literaria. El año 2019, obtiene el primer lugar en Concurso Nacional de Poesía Joven Pablo Neruda.

 

Me gusta lo que me gusta

Yo sigo dándole me gusta
a los comentarios bonitos que dejan en mi foto
a los videos de perritos madres
koalas bebés
focas saxofonistas
nada natural
solo un castor mamá con su hijito sobre la panza

Yo sigo dándole me gusta
a las opiniones como la mía
porque así se hace grandota
hasta no entrar en esta pantalla
hasta salpicarte toda la cara

Y yo sigo dándole me gusta
a los chistes que no me ofenden
y eso que yo me ofendo por todo, dicen
porque nací en mil nueve noventa y tres
había internet a domicilio
cuando tenía diez años usaba internet en mi casa
si alguien levantaba el teléfono
la señal se caía
yo sabía buscar banderas de países africanos
Y por eso me ofendo de todo

Doy vueltas sobre mis gustos
tengo un espacio donde guardo todo lo que me gusta
Ropa bonita
Gente bonita

Nada me ofende

 

 Un día como hoy

“los momentos de claridad son tan raros
mejor documentarlos. Por fin la vista es
feroz, como todo lo importante”
Bjork

Todavía reviso los recuerdos
generados por algoritmos 

No por eso dejan de ser míos
Yo elijo qué recodar
Una Bicicleta
Una sonrisa sin un diente
Mi primer disfraz hecho por mi madre
(una papa de papel maché y marcador negro)
Una amiga cuenta un chiste
Me río hasta hacerme pis
Unas revistas pornográficas
Mis frenillos
Mis errores ortográficos
Yo elijo qué recordar
Un enlace a la primera canción que me asustó
Mi primer asalto
pistola apunta a mi frente
eliminar 

Tengo tantos recuerdos mutilados
En un sitio de la web
Una foto de mi primera casa
Todas las fiestas en esa casa
Amigas que se quedaron entre los escombros de esa casa
Un enlace a una canción que nadie me dedicó
No elijo qué recordar

Un día como hoy
mi mente no tiene que almacenar todos estos recuerdos retocados 

Se hace tarde
Eliminar 

Tal vez el próximo año
un día como hoy
no quiera recordar 
 

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Santiago Rothe (Mérida, Venezuela, 1991) Ha publicado el poemario Agualumbre y una selección de su trabajo en Ant[rop]ología del fuego. Ha participado en las bienales de poesía, Ramón Palomares y Elías David Curiel. Y en numerosos festivales literarios en Venezuela.

 

     El grito se nos va, se desvanece

     En otro tiempo éste lugar era un vagón de
tren, en otro tiempo reíamos viajando

     Pero la sombra del barbecho se detuvo y
cuajó su fortaleza temprana

     Nuestra sangre se revuelve bajo la som-bra
de los árboles nombrados

     Arboles silenciosos y mecánicos Silenciosos aun
astillándose contra el

viento

     Sus nombres son los nombres de mis
ancestros, sus nombres son bebedizo

     rastrojo y barbas aéreas

     Parias, desterrados, anclados como nues-tros
ojos al olor de otra tierra

Cedro fue picado por las hachas pero retoña
como nunca entre la mierda y la incertidumbre

Bucare fue añoranza de los niños que
mu-rieron con la fiebre y

se los enterraron cerquita hace más de

80 años

     Ya los debe haber alcanzado

     Cínaro es más duro que la tragedia, siem-pre
atajándonos en el aire, jugando con nues-tra
fragilidad bañado del deseo de nuestras pequeñas
frutas

*

     de su orgullo de bahareque pisado por
hombres de sombreros solares, que pisaban con
ritmo y sin cuidado, como se debe pisar en el
campo

     Así, nuestra vida, competir por una hue-ca
en el suelo duro

     Medir una cuarta, pasando la uña, vivir un
segundo de gloria y

     veinticinco años de la nada más amorosa

     Así, rasparnos los ojos y los
dientes por crecer tan verdes como un valle

     sollozante de ruidos prestados

     La melancolía, sabernos tan ajenos
San-tiago, tan ajenos

     Tanto muerto, tanto finao emprestando-nos
voces pa seguir saliendo,

     pa seguir siendo río y mojarnos las patas en
nuestra propia estampa

     y enlutar camino y apagar fuego y dormir
poquito en un rincón de la ignominia

Porque juimos los que derrumbamos el cerro pa
ver un poquito más lejos y antonces la tierra nos
                    masticó vivos y nos volvió a

escupir, júmos hasta la lucidez
 

.

Diego Mercado Villarroel (Cochabamba, Bolivia 1988) Estudiante de Comunicación social. Parte de su trabajo ha sido incluido en antologías latinoamericanas y europeas. Actualmente, mantiene inéditos los poemarios: La Tristesse y Cenizario, Cuando miro hacia abajo solo veo montañas.

 

Agua

Sé agua,
es algo sencillo.

Desencájate las articulaciones
y fíltrate por cualquier resquicio
que deje el contorno.

Viaja sin brújula
surcando tu propio sendero.

Sé constante en tu fluir,
en el arroyo
o corriendo por el borde de la acera.

Si pudieras abandonar tu cuerpo
por un instante
para ser algo diferente

sé agua

sé todas las cosas que están
fuera de ti.


Vigila el fuego

Vigila el fuego,
saldré esta noche
y las luciérnagas están ansiosas.  

Vigila el fuego,
nos encontraremos a un cuarto
para las tres
y la figura del espejo no espera.  

Vigila el fuego,
somos el ritmo
y el cielo en el que flotamos.  

Vigila el fuego
antes que muera la noche
y con ella, nosotros.
 

.

Francisco Cardemil Pérez (Santiago, Chile 1995). Poeta y arquitecto. El año 2013 obtuvo el primer lugar en el Concurso Nacional de Poesía Joven Pablo Neruda. Ha sido becario del taller de la Fundación Pablo Neruda y del Fondo del Libro y la Lectura, 2019. Actualmente forma parte del taller Lorkokran y del colectivo Frank Ocean.

 

Germinaciones

El peso de un pilar erguido
es más que su sombra proyectada
cuadros y adornos
lo plagan como a un tronco seco

construye una torre
vigas como ramas
nosotros somos las hormigas
que se incrustan en la corteza

el peso no se mide
con las manos ni la córnea
el pecho se pega al suelo
se pregunta
cuánta angustia lo separa de la tierra

Fachada

La obsesión por el ornamento
interfirió en el sentido de los edificios
centrándolos en la comunicación
de la historia y la cultura a los analfabetos
hasta la llegada de la imprenta

El frío de las cerámicas
enreda el patrón rojizo
perfora las losas
atraviesa nuestro costado

para leer estos gestos
nos aprendemos por horas
los rostros tejidos para el día
determinan leyes de movimiento
fantasmas trémulos
de pequeñas definiciones

pero debajo de toda seña
hay otros mecanismos moviéndose
los cambios de dirección
conocen sus finales
lejos de plazas y veredas

el lenguaje del encierro
se libera al ser contenido

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Camilo Norambuena Madariaga (Santiago, Chile, 1993) Sociólogo. Ha sido becario de la Fundación Pablo Neruda, 2013. Obtuvo el segundo lugar en el V Concurso de Poesía Joven del Instituto Chileno- Norteamericano de Cultura, 2010 y una mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, 2017. Actualmente es parte del Taller Lorkokran

 

Cae la noche

Las carreras por los fierros se vuelven piques a la esquina
inmensas las torres no nos abandonan
en murallas y camisas marcadas nuestras manos
el tinte óxido como sello de la tribu.
Nunca nos despedimos
a lo sumo la última talla
una zancadilla y salir de vuelo
sin llorar sin picarse
esperar a mañana y devolver el golpe.
A nuestro ritmo se prenden los faroles
por pasajes despertando a los perros
aun tibio el sudor al llegar a casa
siempre sin llave la puerta
esperar a mamá con el agua hervida.

El juego era así

Golpeamos palomas después del colegio
las torres como atalaya
a veces un arco de fútbol
ortigas que resguardan mochilas
pelotas de escoch y hojas de cuaderno.
El ronroneo de electrones
llama a los osados pasar la advertencia
con cuidado el alambre de púas
tiemblan vigas oxidadas
sin vértigo a 50 hertz
la frecuencia cardíaca
acopla la armonía de los cables.
Llegados a tope recortes de smog
un espacio entre dos cordilleras
un cuento para que los niños mueran a los setenta años
creyendo que el sol les dio en la cara.
 

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Carlos Cardani Parra (Santiago, Chile, 1985) Ha publicado los libros de poesía Raso, Pasaje Tala, Caldo de Cardán, la novela Du Maurier y en coatoría con Carlos Soto Román el libro Antuco. Creador de los encuentros de poesía chileno – boliviana Santiago en Paz, (La Paz, El Alto y Cochabamba 2010-2012). Dirige el Taller Lorkokran desde 2016 a la fecha.

 

Tren al Sur

 

En la rockola suenan Los Prisioneros y varios cantan Tren al sur
No a Potosí con vagones de vuelta a saquear el Cerro Rico
Hacia las minas de plata, al Salar
A dar picotazos en todas partes en busca del milagro y el frío

Este tren fue más allá de Curicó, a la frontera con Arauco
Lugares que pocos bolivianos conocen
Los que han viajado llegan hasta lo que ahora es Chile
Calama o la muerte de Abaroa
Antofagasta o el desembarco de guerra en medio de carnaval
Arica o la tumba a mar abierto de Bolognesi 

No importa, igual cantan
A un tren que viajó más al sur del paralelo veintitrés

Carta de ajuste

Se nos hace difícil llenar las estanterías, los libros son cada vez más pequeños, y los nuestros todavía más. Hay que tener buena vista para leer el nombre de los amigos escritos en los lomos raquíticos de sus libros. El mío, por ejemplo, diagramado con la técnica de escribir en un grano de arroz. Pero ahí estamos, unos junto a otros, cada uno agarrando un color en las estanterías. Como si nuestra Obra fuese hacer una carta de ajuste para cuando fallen las transmisiones.

 

 

 

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