«Cincelar desde el ensayo»  sobre «Mármol» de Pedro Mena por Antonio Raúl Karam

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«Cincelar desde el ensayo»
sobre «Mármol» de Pedro Mena
por Antonio Raúl Karam

 

¿Quiénes son estas personas —personajes acaso— que figuran entre las páginas de Mármol, traídas a propósito, de épocas pasadas y presentes? Vecinas, vecinos, escritores, familiares, poetas, filósofos de la antigüedad o la actualidad más reciente, amistades, meseras, patrones, esclavos, hombres libres, pacifistas, clientes del puesto, jovencitas que se toman selfies, pensadores, seres conservadores, platónicos, reyes o emperadores y un sin número más de convocados a las páginas de esta cantera de ensayos de Pedro Mena, donde Bob Dylan, Cantinflas y Tin-Tan, alcanzan mención.

Pienso en las posibilidades sincrónicas, valga la paradoja, de una diacronía dialógica; por ejemplo —por apelar al título del libro— cito el caso de Gian Lorenzo Bernini, quien no es, por mucho, el escultor italiano más reconocible, dada la notoriedad y el protagonismo de su antecesor renacentista en la historia del arte occidental: pues casi cualquier transeúnte al que se inquiera, puede identificar cuando de mármol y escultura se habla, que la mente piensa de inmediato en Buonarroti; ya resulta obvio cómo al primero no se le conoce, siendo no obstante el predecesor que dialoga más dignamente, en todos sus planos, con la obra escultórica, pictórica y arquitectónica de Miguel Ángel. Así me figuro este libro de ensayos que dispone, cual máquina del tiempo, en el plano de la convivencia dialogal a soberanos desconocidos entre sí. Seguro varios lectores identifican ciertos nombres de autores o pensadores connotados, entre los que destacan Plotino, Heráclito, Epicteto, Pascal Quignard o tal vez a Jean Paul Richter, con su Elogio de la estupidez —lo cual es de agradecérsele a Pedro Mena, quien ya solo por su entreverada mención, mueva o reavive la curiosidad de sus lecturas— pero, en cambio, nunca conocerán a las jóvenes tomándose selfies, al cliente del puesto o a la vecina estridente que se muda, sino solo a través de la vitalidad dada a cada uno de sus espíritus por el testimonio del autor y no como personajes, pues más allá del relato, son los pormenores que forman parte de la historia y la vida del autor.

¿Es acaso cotejable ‘el espíritu de una época’ con el ánima del pensamiento humano, en el recorrido de todas las historias? Pienso que los ensayos de Pedro Mena, hacen posible desbordar los márgenes del texto para devolverlo al mundo.

Y esto porque existe un portento en la duda ¿cómo es que la anécdota, expresada en reflexiones íntimas y descripciones de lo cotidiano, revelan sobre el presente una compilación de sucesos pasados y futuros?  La historia comienza con la escritura, tal como se engarzan pensamientos y saberes a través de su lectura. Pero lectura y escritura escindidas del mundo, resuenan a oquedad y, para evitar este artificio de cátedra vacía, Pedro Mena, seguro sin saberlo, es fiel al verso de César Dávila Andrade ¡Mi gloria está en no podrirme en los salones!

Ensayos de cariz confesional, en dos de sus apartados (primero y tercero) y de recurrencia erudita —persistentemente eurocéntrica reprocharía yo, sin gran pesar— en su cuerpo central, crean la atmósfera de un libro sumamente ameno y reflexivo. 

El primer capítulo, “Medraciones”, es un interludio relativo a la involuntaria construcción de resiliencias para sobrellevar, no solo las incertidumbres en torno a un periodo de contingencia sanitaria, sino, las interrogantes sobre el quehacer de un ser obsesivo que deambula y conoce la realidad a través de su oficio de lectoescritor; donde sus lecturas literarias, sean estas filosóficas, científicas o poéticas; le permiten acrecentar el patrimonio de sus dudas. Dudas imprescindibles para continuar las faenas de una rutina con visos de tornarse en el ritual decisivo de la creación literaria. Y otra vez surge el meollo de la duda, ahí, donde la reflexión acerca de la actividad escritural y la inflexión pensativa, sobre cuál puede ser la posición a asumirse de cara al mundo, frente a lo vivo y cuanto existe. Y esto sirve de materia para conferirle sentido a la existencia, con un grado atemperado de neurosis.

Un texto salta a la vista para mí, al ser testigo de las obsesiones de Mena cuando se debate algo decisivo: el vestir y la pulcritud, más allá del esnobismo, como mero signo de austeridad y conservación (y no conservadurismo reaccionario, como sugiere él mismo). Desde su libro La corbata y otros ensayos (Los otros libros, 2016) hasta su ensayo «El brillo de los zapatos» —incluido en este capítulo—, donde la forma se vincula con el fondo de modo inextricable y, por ello, comparte una oda a la cotidianidad, citando el poema My Shoes de Charles Simic que linda, por ejemplo, con la misma persistencia austera conjurada en la crudeza del cuadro Schoenen (Zapatos) del inconfundible holandés impresionista Vincent Van Gogh; todas estas, muestras al cabo, del altísimo valor —casi estoico— al que puede aspirarse en el cuidado expreso sobre la selección, la calidad y el mantenimiento de estos artículos de uso tan personal y, más aún, en el aprecio expansivo de su contemplación. 

El cierre de este primer capítulo lo ocupan la poesía de César Antezana Lima con su libro Anjani, “colección de poemas luctuosos”, con una meditación sobre la muerte ya sentida en vida, a través del duelo, lo fúnebre y el reconocimiento de la finitud del yo; y un Ángelo Medina Lafuente, con su libro de ensayos aforísticos Pensar con el oído, una peculiar invitación a repensar la música desde un ángulo poco previsible: “un exhorto a desconfiar de la música”.

Ya entrados en el cuerpo central del libro, el capítulo dos, nombrado como el mismo título general de la obra, lo constituyen un conjunto de cinco ensayos nutridamente librescos y, me atrevo a decirlo de este modo, agradablemente entretenidos por la diversidad de referencias y relaciones. De vuelta al mundo, por ejemplo, Plotino deja de ser un busto de mármol para convivir a modo con Schopenhauer o, bien, hallándose en medio de la emergencia sanitaria del Covid 19, mientras Ciorán —siendo Ciorán—, nos recuerda cómo las paradojas de la existencia permitieron al maestro filósofo y ‘lector de almas’, evitarle a su discípulo Porfirio la muerte por melancolía, recetándole un viaje que le impediría más adelante acompañar los últimos días de su maestro. Estas aproximaciones semejan a las de una estrella cintilante, mostrándose y, repentinamente, desvaneciéndose para dar brillo, justo a un lado, a la influencia de los Upanishads en la filosofía de Plotino. O, más adelante, emparentándolo con la tradición daimónica; ocasionando asociar en la mente estas múltiples referencias —propias de un giro quijotesco o de alguna de las aventuras del Barón de Münchhausen, por decirlo con sentido del humor— y, de no poner bridas a nuestra imaginación, concluir que el filósofo posea ya el mismísimo don de la ubicuidad sobre el espacio-tiempo y los ‘agujeros de gusano’ descritos por Stephen Hawking —dicho como una desmesura mía—; pudiéndose desbarrar con facilidad sobre la senda de las teorías alienígenas, tal como lo advierte el título del ensayo. Razón por la cual, al cabo, se retorna a la dimensión de lo humano, con un George Steiner o un Hadot, preguntándose sobre las causas posibles de la muerte biológica de Plotino.

Hay una dosis semejante de despliegues en torno a Heráclito imaginado en la época de las redes sociales y los likes, cuyos saberes y conocimiento (tanto en el presente como en la antigüedad) no alcanzan ni alcanzaron, para sanarse a sí mismo y mantenerle vivo en su propio tiempo, conduciéndole a la inexorable muerte. Destino fatal de todas las personas vivas. O aquel otro texto sobre Epicteto, donde Pedro manifiesta ser confuso el hecho de saber si es el filósofo o es la vecina ruidosa, quien produce sensación de mala entraña o suspicacia, desde el atributo de su cojera. Pero la fatalidad de identificar el mal con lo chundo del cuerpo y la falta de civilidad no son, según concluye el texto, los defectos de Epicteto, sino de la vecina estridente.

Me resulta particularmente significativo el ensayo, cuya escritura recordé haber sido traída a colación en una larga conversación de sobremesa en donde, además de hablar sobre el conflicto de la guerra entre Rusia y Ucrania, Pedro Mena comentó en unas pocas oraciones, los avatares del Orfeo moderno, malquerido o malqueriente, tal vez, sin duda rechazado por la persona amada, volcado en un inagotable y extensísimo lamento; empalmándolo a su vez con la tradición Órfica de la antigüedad. Y ya en el ensayo mismo, asociándolo a lo expresado por Lucrecio, respecto a las penas del ser desgarrado por “los buitres de los celos”, por ejemplo, y las penas de cualquier pasión.  En mi perspectiva, pasiones que atraviesan la historia hasta filtrarse en las tragedias isabelinas de Shakespeare, con su Romeo y Julieta desde el ángulo de la imposibilidad, por ejemplo, pero más notoriamente en Otelo.

Es necesario decir que a ninguno de los textos que he mencionado en este capítulo hago la menor justicia, por falta de pericia y en parte también por espacio. Pues dejo de lado la riquísima y sabrosa variedad de referencias, no solo culteranas, sino también mundanas o cotidianas. Sin dejar de mencionar el arreglo de la edición para ilustrar en forma discreta y atractiva este capítulo.

Para concluir, el tercer capítulo del libro, es un recorrido íntimo y de tono confesional, como adelanté desde el inicio, en las fronteras de la certidumbre, ya no solo del escritor sino de la persona misma planteada frente a una realidad compleja. La ilusión y la desilusión en el mismo campo de juego, donde la prudencia y imprudencia, el arrojo y la mudez, plantan su cara: para moldear el carácter tímido de este ser ‘plumífero’ —como el mismo suele etiquetar a quienes asumen el oficio de la escritura—. El “Tríptico de la timidez” es un espejo en donde no solo las personas que escriben o crean arte pueden mirarse reflejadas ahí, sino cualquiera que haya vivido y experimentado las múltiples facetas de la vida en el empleo, el amor platónico, las alegrías y sin sabores sentimentales del alma o las contemplaciones ante la existencia, propias de cualquier consciencia viva. 

 Así, Mármol, es un estupendo libro de ensayos que constituyen, por la ruta de la metáfora, el cincelado de un estilo de escritura decantada por su autor, bajo el pulso maduro de su trayectoria poética y ensayística pero, sobre todo, de una calidad intelectual profundamente humana.

 

 

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