«El silencio de las imágenes» de Daniela Alcívar Bellolio por Cynthia Rimsky

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«El silencio de las imágenes» de Daniela Alcívar Bellolio
por Cynthia Rimsky

 

 

En el mundo donde todo parece dicho y creemos haber matado el misterio, Daniela Alcívar Bellolio lo busca en lugares tan distintos como Santa Fe, Chivilcoy, el parque Yosemite, Urdesa y Ayangue. Interroga su infancia, la literatura, la fotografía, el paisaje, la extranjería; a Barthes, Juan José Saer, Melville, Chateaubriand, Piglia… Entre el ensayo, el relato y el diario, El silencio de las imágenes nos recuerda lo febles que somos. “Todo un mundo se abre en este amanecer: yo miro ese movimiento de apertura en su quietud de postal y mi única duda tiene que ver con mis palabras, con la forma de mis palabras: qué tan lejos van a quedar de este mundo que se me ofrece, pleno, y que yo no puedo tocar”.

El silencio de las imágenes es una búsqueda atravesada por la pasión, la duda, el goce y las emociones. “Pensar que no hay significado, que no hay secreto, que no hay nada que buscar, y seguir, a pesar de todo, buscando: un misterio a plena luz del día”.

Muestra del texto

Hay un cuento bellísimo de Juan José Saer, “Ligustros en flor”. Es la historia de un astronauta que caminó en la luna pero cuya hazaña, destinada principalmente a la propaganda gubernamental, por causa de un desperfecto de las cámaras que debían transmitir el acontecimiento en vivo, queda sumida en el olvido. El narrador, que se retiró de su carrera de astronauta después de ese viaje infructuoso, pone en duda la idea comúnmente aceptada de que la experiencia conlleva conocimiento. Ahí arriba, dice, en contacto con la materia indiferente y polvorienta del suelo lunar, el satélite se le hizo más ajeno y lejano que cuando lo miraba desde la Tierra, brillante y amarillo:

Caminando por la semipenumbra polvorienta y estéril, si algo aprendí no fue sobre la luna sino sobre mí mismo. Supe que si el conocimiento tiene un límite, es porque los hombres, adonde quiera que vayamos, llevamos con nosotros ese límite. Y si vamos a Marte, a la luna, las dos o tres cosas más que sabremos sobre Marte o la luna, no cambiarán en nada, pero en nada, la extensión de nuestra ignorancia.[1]

            La sombría certeza de la ajenidad del universo con respecto a nuestras pretensiones de conocimiento y dominio se equilibra en el relato tanto en términos plásticos como narrativos: a la inmensidad del espacio sideral, experimentada por el narrador desde una perspectiva a la que pocas personas acceden, opone la simple huella de su zapato en la arenisca inmóvil –eterna– de la superficie lunar. A la visión del planeta Tierra flotando en la negrura ilimitada del cosmos, le opone el misterio de su propia piel que lo distancia de su compañero, Brown, envuelto también en ese traje insondable, la yema de su pulgar, sus pies, “más misteriosos que el universo entero”[2].

            La certeza que lo inquieta es la de la indiferencia del universo: “El fragmento de mundo que hollábamos, Brown y yo, igual que la tierra paciente que nuestra especie había desfigurado con sus pasos, dejaba intacto el infinito”[3]. La indiferencia del universo, la inadecuación entre la experiencia humana y la impávida verdad del mundo, la mudez esencial de todo cuanto existe, desde los propios recuerdos hasta las galaxias más lejanas. El infinito misterio del espacio resumido en la contemplación pasmada de los propios pies.

           ¿De qué orden pueden ser, entonces, las epifanías? Ya nadie grita “¡Eureka!”, salvo tal vez los científicos, que siguen confiando en su capacidad de ordenar y dominar lo insondable y lo casual. Las epifanías modestas de la experiencia cotidiana pasan por otro lado, esas a las que ciertas escrituras literarias comprometidas con la búsqueda y no con el hallazgo, suelen intentar aproximarse. El narrador del cuento de Saer, tras describir con un marcado tono melancólico y pesimista la lección negativa que le dejó su carrera de astronauta y su visita a la luna, y mientras camina solo por las calles de su pueblo natal, en el ocaso de su vida, ofrece una respuesta simple, misteriosamente luminosa, con la potencia de los descubrimientos menores en los que se basa toda experiencia humana, los misterios sin secreto que le dan su espesor a nuestra vida porque ponen en evidencia, a un tiempo, lo ajenos que somos a aquello que nos constituye (cada imagen de la que están compuestos nuestros días y el incognoscible nexo que las une) y lo extraño que es este mundo:

Desde acá [la luna] sigue siendo un enigma, pero un enigma familiar como mis pies, de los que no podría asegurar si existen o no, o como el enigma de que haya plantas por ejemplo, de que haya una planta a la que le dicen ligustro y que, cuando florece, despida ese olor, y que cuando se la huele, es el universo entero lo que se huele, la flor presente del ligustro, las flores ya marchitas desde tiempos inmemoriales, y las infinitas por venir, pero también las constelaciones más lejanas, activas o extintas desde millones de años atrás, todo, el instante y la eternidad. Y sobre todo que, gracias a ese olor, por alguna insondable asociación, mi vida entera se haga presente también, múltiple y colorida, en lo que me han enseñado a llamar mi memoria, ahora en que al pasar junto a un cerco, en la oscuridad tibia, fugaz, lo siento.[4]

***

Escribe Nietzsche:

En un rincón apartado del universo, donde brillan innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el cual unos animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más soberbio y falaz de la “historia universal”, pero solo un minuto. Después de unos pocos respiros de la naturaleza ese astro se heló, y los animales inteligentes debieron morir. Alguien podría haber inventado una fábula así y sin embargo no habría ilustrado lo suficiente el estado lamentable, sombrío y fugaz; carente de sentido y caprichoso en que se muestra el intelecto humano en la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existió, y cuando desaparezca no habrá pasado nada; porque para ese intelecto no hay ninguna función que vaya más allá de la vida humana, sino que es humano, y solo su poseedor y creador lo toma tan patéticamente, como si los ejes del mundo giraran en él. Pero si pudiéramos entendernos con un mosquito, sabríamos que también él vuela por el aire con el mismo pathos y se considera el centro alado de este mundo.[5]

         El astronauta de “Ligustros en flor”, que descree e ironiza sobre los alcances científicos de su viaje a la luna (de cualquier viaje y de cualquier experiencia humana), accede sin embargo a un conocimiento lateral, inocuo pero categórico, fugaz, sobre su propia vida y sobre la calidad evanescente que determina su esencia. Su vida en el enigma sin contenido de todas las generaciones de ligustros pasados y futuros, acumuladas en la simple percepción de un aroma. En un relato en el que la afirmación principal es que nada es cognoscible por la experiencia humana, la revelación menor pero luminosa de lo que hace a la vida: el modo arbitrario que tiene de entregársenos en su inabarcable extrañeza con la fugacidad inaudita de la fulguración o el destello. El modo en que se nos aparece y nos convierte en espectadores fascinados, un poco incrédulos, de imágenes que no podremos retener, imágenes cuya ocurrencia está ligada unívocamente a nosotros pero que se nos dan de acuerdo con la cadencia incalculable de una fuerza ajena e impredecible.

El recuerdo –y no la memoria– es la misteriosa materia de la vida.

          Nada tiene esto que ver con la nostalgia sino con algo menos orgánico. Se trata de saber ver, con todo lo que eso implica, que lo esencial de nuestra experiencia ocurre sin que nosotros estemos presentes. ¿Quién es el sujeto del sueño, del recuerdo? ¿Por qué ocurren sin voluntad, a qué fuerzas obedecen? ¿En qué extraño paisaje anida el recuerdo cuando se insinúa sin darse, cuando sabemos estar recordando algo, pero no sabemos qué? El ensayo de Nietzsche, cuyo inicio cité más arriba, describe con insuperable claridad la medida en que la glorificación de la conciencia nos impide abrir una vía de encuentro, de auténtico contacto, con la vida. En el proceso de formación de conceptos (metáforas de metáforas, dice el filósofo, traslaciones caprichosas que en cada vuelta se alejan más de la verdad) el ser humano ha desarrollado su gran diferencia con el resto de animales: la barrera de la especie que suele justificar todo tipo de atropellos y vejaciones contra el resto de miembros del reino animal, esa barrera que sigue sancionando, contra toda evidencia, una dignidad metafísica y esencial del ser humano, se basa entonces en la capacidad para la mentira, “en el acto de fingir”[6].

      El título del ensayo de Nietzsche, “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, es elocuente en este sentido. Hay una verdad en la naturaleza, dice el filósofo. Esa verdad, como lo entendió el astronauta del cuento de Saer, es completamente inaccesible al conocimiento humano. Lo que entendemos por verdad según los valores morales y culturales en los que se basa la construcción de lo humano está fundamentado, por un lado, en la compleja estructura conceptual que, a fuerza de repetición y de autoengaño, hemos terminado por confundir con lo real; por otro lado, lo que llamamos verdad está condicionado por nuestro instinto natural de supervivencia que depende, en la medida en que, según Nietzsche, somos animales frágiles y débiles, de la comunidad, del gregarismo. Esto quiere decir que, para poder convivir con otros y no ser apartados de la sociedad, para no estar solos, aprendemos a actuar y hablar según lo que por consenso se ha definido como verdad.

       No es el rechazo al engaño lo que dirige el comportamiento humano, sino el miedo a sus consecuencias negativas en términos sociales. “En este nivel –escribe Nietzsche–, no odian en el fondo al engaño, sino a las consecuencias malas y hostiles de ciertos tipos de engaño. En un sentido limitado en forma parecida, el hombre tampoco quiere la verdad. Desea las consecuencias apropiadas y conservadoras de la vida que pueda traer la verdad”[7]. La verdad del mundo y de la naturaleza queda completamente por fuera de todo este sistema de creencias y engaños construidos a partir de la vanidad y la simple y fatal necesidad de pertenencia.

      Cuando habla de la formación de los conceptos, Nietzsche es muy claro: se requieren sucesivas metáforas para ir de la cosa al concepto: del estímulo nervioso que producen las cosas, a la imagen; de la imagen al sonido que la articula en concepto; del sonido arbitrario de la palabra al significado; la final comunión impuesta entre las palabras y las cosas. Es esto lo que Nietzsche ama quizá de los animales: su modo de vivir en el mundo en pleno contacto, ajenos a la mentira, cada instante como primero y último, con los impulsos de la vida siendo lo que marca el ritmo del devenir. La suspensión de la valoración de la conciencia en el alemán tiene alcances conmovedores: una vez desmentidos los fundamentos causales del ordenamiento humano del mundo, tras ese arduo trabajo arqueológico y de alcances éticos, el mundo mismo queda abierto, herido, hendido: listo para recomenzar.

 

[1] Saer, Juan José, “Ligustros en flor”, en Cuentos completos, Seix Barral, Buenos Aires, 2006, 44. El cuento fue publicado originalmente en el libro Lugar, en 2000.

[2] Íbid, 42.

[3] Íbid, 44.

[4] Íbid, 45.

[5] Nietzsche, Friedrich, “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, en Sobre verdad y mentira, Miluno, Buenos Aires, 2008, 25, 26.

[6] Íbid, 27.

[7] Íbid, 29.

 

 

Daniela Alcívar Bellolio: (Guayaquil, 1982). Escritora, editora, crítica literaria e investigadora académica. Candidata a doctora por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, becaria doctoral de CONICET y del Instituto de Literatura Hispanoamericana (ILH-UBA – Argentina). Becaria del Fondo Nacional de las Artes (FNA- Argentina). Investiga las modulaciones del paisaje y la imagen como dispositivos narrativos en la obra narrativa de escritores argentinos y latinoamericanos de los siglos XX y XXI. Ha publicado artículos académicos en revistas especializadas de Argentina, Colombia, España, Alemania, Italia, Estados Unidos y Ecuador. Editora general en Editorial Turbina. Es autora de los libros de ensayos Pararrayos. Paisajes, lecturas, memorias (Quito, Turbina, 2016) y El silencio de las imágenes (Quito, La caracola, 2017), del libro de relatos Para esta mañana diáfana (Quito, Ruido blanco, 2016; Valparaíso, Libros del cardo, 2018) y de la novela Siberia (Mención La Linares, Quito, Campaña de Lectura Eugenio Espejo, 2018). Vivió en Buenos Aires entre 2005 y 2017.

 

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