Viviana Gonzales | Bolivia/México

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Viviana Gonzales. Poeta y dramaturga boliviano-mexicana. Es docente de literatura y creación literaria. Ha trabajado como investigadora, correctora y antologadora independiente y para algunas editoriales mexicanas. Es Premio Nacional de Poesía (Gobierno de Santa Cruz, Bolivia. 2019) con Hay un árbol de piedra en mi memoria que también ha sido ganador en el International Latino Book Award en Los Ángeles (2023) con la medalla de Oro como mejor libro de poesía. 

 

  • Canto de un pájaro de fuego (Buenos Aires Poetry, 2020)
  • Te doy el Tiempo de un zapato (finalista en Nueva York Poetry, 2022/ Editorial Dogma en México)

 

  • Fabricio Gutiérrez (México)
  • Diego Roel (Argentina)
  • María Auxiliadora Álvarez (Venezuela)
  • Elena Anibaldi (Argentina)
  • César Antezana (Bolivia)

 

 

Viviana Gonzales

 

 

(Hay un árbol de piedra en mi memoria)

 

Canción del árbol de piedra

 

He cruzado pasillos interminables
y en este tránsito de mundos
me he enfrentado con dos o tres reyes.
Un país acurrucado en el silencio,
en la quietud de la joya sagrada,
el sueño de la profecía escrita, ahí
donde todavía se perciben hedores,
antiguos lamentos indios.

En la panza inflada de la tierra
gritan los hombres,
se tragan las vísceras de la Pachamama;
su alimento es pues tierra y sangre,
yo por eso me tapo los oídos.
Los he visto de rodillas ante unos dioses
que nunca los escuchan.

No es momento de habitar la noche,
adentro del infierno un antawaya
con su cola alcanza la agonizante hilera
del viento y mi plumaje.

Un hombre a mi lado ordena papeles de colores,
tentaciones en monedas extranjeras,
mañana habrá de implorar un sello
y la marca le será negada,
su condena eterna es permanecer
en la boca del mismo infierno.

Afuera, una mujer de pollera pide limosna,
hay un árbol inerte en mi memoria,
una piedra que dice llamarse árbol
estática predice el derrumbe de los tiempos;
yo solo quiero que su espera no se extienda,
que pronto la piedra árbol se destruya,
que caigan edificaciones milenarias
y de los restos emerjan centenares
de roedores omnipotentes.

Me niego a transitar los mismos pasillos
de monarcas muertos,
preferiría un campo
con tres o cuatro vizcachas
brotando por entre las montañas.

Una mosca emerge de una cloaca,
la mosca se convierte en millones,
hay un vínculo entre los nuevos pobladores
hemos perdido territorio nuevamente
la historia la escriben los vencedores
para los vencidos quedan las pancartas,
la palabra en verso y las lágrimas
Cobardes.
Un espacio abierto en el que yo reconozca
–aún si me quedo ciega–
el color de los ojos de mi hijo cuando sonríe en su tierra,
un hombre que a cada paso graba un recuerdo,
Uturuncu, señor de las llamas,
agoniza en la planicie,
de mis labios surgen palabras
y tengo la fuerza para matar a la serpiente,
salvar al hombre y a mi hijo
saberme libre de tiranos y monarcas,
de la destrucción y las maldiciones.

Hay un hijo en mi regazo.
Hay un hombre en mi memoria.

Son los vientos de esta tierra que elevan mi presencia.

 

 

 

Una casa, el balcón abierto

A recorrer me dediqué esta tarde
las solitarias calles de mi aldea.

Nicanor Parra

El hombre derrumba moradas,
en un par de semanas caerá
la casa de mis padres,
centenares llegarán al entierro
del trapecista.
El pueblo en pie de lucha
bajará a los custodios
y llorarán
los carniceros.

La casa ha de ser tomada
la muralla, el caballo,
la cabrita saltarina, la Justina.
Mi casa se cae,
yo soy una mujer adulta
que no puede llorar en cafés,
que finge suciedad en los ojos
antes de que aparezca
la muchachita con su charola.

Ayer, penumbra y visión,
me he acomodado en un sueño:
le he visto a la Justina
vestir enaguas
                     nuevamente,
el trapecista hace piruetas,
los custodios beben singani.

Hay una papa imilla
que me guiña un ojo;
a la marraqueta
la unto de mixtura;
el anuncio de un festejo,
la entrega de la llave,
el camino de la infancia.

¿Con qué habré de comer el pan?
lejos de la luna que fue mía,
sin la carpa, las piruetas,
o los enanos
¿con esta sensatez obtusa y sola?

Lánzate no lo pienses
desde el balcón de la habitación
de tu abuela con alzhéimer,
desde las llagas
de tu abuelo con cáncer.

Lánzate
y si lloras
que salgan tus mocos
y bañen las calles,
a lo mejor las margaritas retoman
su andar y su brío
aunque sea
para el entierro de estos hombres
o, por lo menos,
para el tuyo.

Que de tus mocos se cubra un sepulcro,
que te arropen con las enaguas
de la Justina,
que beban hasta quedar bien borrachos,
que las lágrimas empapen
esta casa muerta
                         enferma
de tumores
y de nombres olvidados.

 

 

(Canto de un pájaro de fuego)

 

 

HISTORIA DE UN VUELO, UN BASTÓN Y UNA TRENZA

 

Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella
y vamos cayendo.

Vicente Huidobro

En un vuelco de nubes celestes
hay un mar a lo lejos que yo no alcanzo a ver.
Son años de ceguera y no mar,
un soplido se desprende del tiempo.

El tiempo es –lo sabemos–
una palabra mayúscula.

Hay un hilo que brota por entre mis piernas
mientras vuelo el hilo me quiere atar a la tierra.
Mi madre y mi abuela cepillan una trenza enorme,
otra mujer la decora con guirnaldas y petunias.

Es difícil alcanzar el vuelo con el hilo que me ata,
con la vagina cerrada, entumecida y espantada.

Yo no puedo elevarme porque al miedo
nunca le ha dado la gana de soltarme.

Si ahora caigo de seguro el hilo se rompe y
el miedo saldrá corriendo
al ver la nada que soy, que me ha vuelto.

Alguno que otro llorará mi ausencia
mi madre
mi abuela
desde el otro lado
la lluvia.

Mi hijo no tiene hilos entre sus piernas.
Hay un bastón que lo sostiene.
Puede fallar en el despegue o incluso caer como yo.
El bastón sujeta al hombre, a mi hijo.

Más tarde voy a llegar a llorar mi cortedad
y el miedo me volverá a coger vacía,
eso le dejaré a mi hijo
mi muerte blanca y absurda
mi sexo nocturno con el miedo
mi trenza roja y omnipotente
que emerge todos los días
el monstruo que devora mi útero.

Mañana
quizás a hurtadillas
pueda volar de nuevo
libre de todo:
sin hilos
sin vientre
sin miedo.

Tomar las tijeras de la máquina de coser de mi abuela
abrirlas
abrirme
parir mis dolores
mis angustias
mi pasado
empaparme de hombría, sujetar un bastón
con mis piernas y

Volar.

 

 

 

VISIÓN DE TRISTEZA

 

Por las tardes me siento en las afueras del miedo
y espero el tren doscientos ochenta y cinco.
En ocasiones el fango no me deja
levantar los pies o subir
en la espesura del tiempo y resguardarme
en el vagón primero.

Las ventanas de mi rostro
esperan su limpieza con los dedos.
Hay un charco de lluvia a las cuatro,
un pez multicolor se desliza río abajo.
Abro la boca,
el pez se adentra salado en mi lengua
¡pecesito solitario!

Las paredes del miedo miden llantos de alto,
odios de ancho,
el hombre se cae
desde el piso doce de la calle Dorant,
tiene el pecho atravesado de cuchillos,
un suicido colectivo de morsas
desde la bruma celeste de mi memoria,
creo que poco más puedo decir

mientras trago peces como serpientes
como dagas punzantes
como cuchillos
alfileres plateados.

Un día también pude ver un tigre a los ojos,
el aleteo de cisnes.
Suave pronunciamiento
del nombre de las hojas.

Hay formas de no escalar paredes
[si no quieres

de preferir la tarde
[sin lluvia

de no mojarte en los charcos
de aceptar la vida.

 

 

 

TE DOY EL TIEMPO DE UN ZAPATO

 

I

dos niños esta tarde se desnudan
ante sus madres y acarician un cielo
que nunca más será
igual de celeste

especies de hombres en miniatura
carentes de ropaje
brindan manzanas a dos mujeres
no vírgenes
que luego reptarán sobre la tierra

encuentran su corazón en medio de la espuma
pecadoras en el delirio
se auto infringen castigos
–lo que hicieron                     a quienes se negaron–
el placer
la carne
EL PECADO
los gemidos
                                      y las sábanas rasgadas.

Golpean con sus manos la tierra
que se sacude con la marca del Séptimo Día.

Concluida la labor de parto
cualquier mujer se convierte
en hierba de campo
donde emigran las bestias.

Y así fue. Hizo Dios
las alimañas terrestres según su especie,
las bestias según su especie

tarde de inverno donde los corderos
en otros lugares del mundo buscan su rebaño

pecadoras redimidas
vuelven la vista y encuentran
­–en medio del infierno–

a dos niños que
se desnudan esta tarde

“Porque tanto amó una madre al mundo
que no entregó jamás a su unigénito hijo”.

 

 

 

1

 

Te doy, Claudia
el Tiempo
de un zapato
con su suela brillante
el Mar en un puño
un regimiento de hormigas rojas
el oxígeno y el fuego
en San Juan
la Noche más larga
en el Sur del mundo
el recomenzar la Vida
la tuya
tan breve o tan larga
–como quieras habitarla–
el estornudo de la Primavera
la marea blanda
el Tiempo, Claudia
te concedo el Tiempo
de un Zapato.

 

 

 

 

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1 comentario

  1. Marco

    Esta autora boliviana es fantástica, que nivel que tiene su poesía, donde se puede adquirir sus publicaciones en La Paz por favor?

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