Lamento lento de un caudal, De la raíz hasta la última hoja. Sobre Nervadura de Roberto Oropeza por Roberto Aedo

Etiquetas:     ,


Lamento lento de un caudal, De la raíz hasta la última hoja (Notas sobre Nervadura de Roberto Oropeza)

Por Roberto Aedo

I

Nervadura (Vísceras, 2020), el tercer poemario de Roberto Oropeza (Bolivia, 1986), nos muestra un conjunto de poemas ya maduros, reconcentrados y sobrios, que se condicen tanto con una cierta sensibilidad minimalista de época, como con la llegada de su autor al medio del camino de su vida.

Sin embargo, lo que, en la desnudez de estos poemas, no se condice necesariamente con esa situación vital y extratextual, es la obsesión por la muerte que atraviesa todo el poemario:

 

ÁRBOL DEL EDÉN

La falta de vida está en todas partes
acechando
creciendo
extendiendo sus raíces hacia nosotros
como el árbol vigoroso jamás visto.

Nos sentamos en sus ramas mientras
llega el anochecer de nuestras vidas.

(pág. 37)

 

Como a menudo sucede con los poetas más líricos y/o neorrománticos, el poeta de Nervadura y sus hablantes colocan el acento, muy marcadamente, en el momento de descenso del ciclo de la vida. De esta manera, en sus textos Oropeza toma el otro simbolismo del verde y de la naturaleza, que tradicionalmente son usados para hablar de lo vital y de su permanente renovación, para referir aquí a su contrario; la infertilidad, la enfermedad y la muerte.

En este sentido, el árbol, símbolo no sólo de la naturaleza vegetal, sino también del ser humano —por unir espíritu y naturaleza, alma y cuerpo, como un puente natural entre cielo y tierra, elevando sus ramas, hundiendo sus raíces—, aparece en estos poemas tras distintas máscaras de lo destruido: como flores deshojadas, como tierra yerma o pastizales secos, pero sobre todo como ramas que se quiebran o se espera ver quebradas; como árboles que se queman o astillan, que caen o caerán:

 

Solo creo en los eucaliptus que arden hasta la raíz
y lo único que cae es su sombra
grande y pesada
como lo fueron ellos alguna vez.

Desde el aire
es similar a un espectáculo romano.

(de “Credo”, pág. 42).

 

Los árboles caen para terminar siendo solo huellas o fragmentos: como un sujeto que sueña que es un árbol caído en la corriente del sueño, el que, a su vez, se sueña vivo en la inmovilidad del dormir en un día domingo, llevado nada más que por el río del tiempo y su repetición, que no puede conducirlo a otra parte, sino al hastío y hacia la mar que es el olvido, esa otra forma de morir:

 

VALERIANA

Soñaste con un árbol que iba arrastado por el cauce
—veloz corriente del río—
ilusión de sentirse en movimiento.

Recordaste el rumor de piedras golpeando contra ti
mientras el domingo se desvanecía afuera
en el umbral de otra semana
que fluirá como las anteriores
hasta desembocar en el olvido y hacerse pedazos.

Solo eres astillas.

(pág. 30).

 

II

Hay una pena antigua, una pena larga que atraviesa la totalidad de estos cuarenta y un poemas, todos brevísimos —algunos de tan solo un verso— y que, tanto por su falta de extensión como por su rigurosa economía de medios expresivos —es menester recordar aquí, que el poeta es economista de profesión—, por su ritmo lento transido de silencios, conotan, ya en su forma misma, esa obsesión por la muerte y la pena resultante:

 

Desde la raíz a la hoja más alta
hay una violencia difícil de explicar.

(pág. 35).

 

Personal, nacional, continental, mundial o de la especie, la tristeza de estos poemas, su nostalgia resignada, su desengañada melancolía, para la cual “Todo a nuestro alrededor clama por olvido” (pág. 29), sugiere en su callar, en su decir desnudo a la vez que cifrado, la pena antigua del alma, de su separación y de su olvido:

 

A donde vayamos nada cambiará.

Comeremos flores de loto
para que los recuerdos se hundan en el estanque
bajo las hojas muertas.

(De “Loto”, pág. 9).

 

Mas también, la pena de sujetos que han perdido —por un momento o para siempre— la fe en la existencia; la pena de un país que fue colonia, y cuyos habitantes primeros perdieron su libertad y por mucho tiempo más su derecho a la autodeterminación, mientras que, más tarde y por las armas, sus habitantes posteriores perdieron la gracia del mar, que brilla aquí y allá, en su vacío siempre presente; como la muerte —un “estanque con los peces muertos” (pág. 24)— o como la infancia, esa patria de la que todos fuimos exiliados:

 

LA NIEBLA CONFUNDE A LOS BARCOS DE PAPEL

que no llegan a puerto
por más lazos que arrojemos al mar
los días de nuestra infancia
están perdidos en su palidez
y se hunden al acercarse a nuestras manos.

(pág. 14).

 

El mar resuena, aunque fantasmal, como símbolo de la muerte y hasta como objetivación de la misma, como chivo expiatorio para descargar la propia rabia inútil e impotente, como gen alelo de la pena:

 

Parecíamos seguros de haber bautizado
con otro nombre esta ausencia

cuando esperábamos que los lirios revivan a sus muertos.

Incluso golpeamos al mar
esperando causarle algún daño.

(de “Lirio”, pág. 44).

 

Y aquí hay un punto importante acerca de estos hablantes. Su nostalgia resignada es paradójica, pues no obstante su descreímiento, su innegable desgano y desencanto vital, estos hablantes sufren y hasta rabian, con lo que nos muestran no solo que están más vivos de lo que creen o quisieran, sino que la vida —y su ausencia, su falta de goce—, aunque ellos mismos no lo sepan o no quieran aceptarlo, todavía les enoja y les duele, porque todavía les importa.

III

En esta época del sarcasmo, de ruido y de furia, en que la carne es teatral y todo grita una violencia, tanto real como imaginaria; en que las bisnietas y los sobrino-nietos, (todos nonatos) del más trasnochado Pop Art —el que a su vez, ya había surgido como el nieto nacido viejo de Dadá— celebran y comercian sus propias travesuras pretenciosas y conceptuales, y donde un poema es, supuestamente, cualquier cosa que alguien diga que lo es, el lamento lento, minimalista, despojado y sin estridencias, de los mejores poemas de Nervadura, es como un poco de aire fresco.

Y es que a pesar de y hasta por su encierro, su concentración implacable en el momento descendente del ciclo vital, sus auténticos poemas expresan —en su forma misma de tono menor— ese plus, ese exceso de vida, esa otra parte del ciclo que, aun cuando sea percibido como un último aliento, siempre podrá volver a ser vivido o recordado, siempre podrá volver a ser exhalado, en cada nueva lectura:

 

EN ESTE CAUDAL LAVAREMOS NUESTROS MALES

el agua se teñirá de varios colores
mientras se nos escurre de las manos
hacia raíces profundas del bosque
donde sus árboles crecerán altos y delgados
enfermos hasta la última hoja.

(pág. 32).

 

 

Colaboraciones relacionadas

Comenta

Tu email no será publicado. Los campos marcados con * son obligatorios

Síguenos por redes

Nos encuentras

Proyecto mARTadero | 27 de Agosto con Ollantay | Cochabamba - Bolivia

+591-4-4588778

laubreamarga@martadero.org