Alexis Figueroa por Roberto Bustamante

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La disolución del poema en cuanto sistema de almacenamiento puede ser previsto como el fin también de la humanidad. Los poemas de FINIS TÉRREA: APUNTES DE CARRETERA (LOM ediciones, 2014) de Alexis Figueroa Aracena (Concepción, Chile, 1956) no nos absuelven en ninguna medida del pasado que está llamado a forzar nuestro presente y transformarlo en una pasarela de la vida zombie. Figueroa derrama alegorías en este muestrario de la mutación de la cultura actual, cultura que valora y se funda y se refunda en la obligatoriedad excelsa de parecer para perecer, actos primitivos de sobrevivencia social con un cuadro histórico de fondo donde vemos una carretera hecha de huesos, un plagio feliz del edén.
Poemas escritos en tiempo pasado, en FINIS TÉRREA se vive con los mendrugos que indican el fin del futuro, la muestra posthecatombe de una sociedad que se ha derrumbado.

“…Un hombre se sienta en una piedra.
Hace una línea en la hoja por
Cada auto que pasa.
El lápiz es negro.
La noche es negra. Hay viento.
Continúa sentado en el mismo lugar.
La hoja ahora es negra.
Él hace líneas invisibles sobre el papel” (Carretera, fragmento, p.16)

Al inicio de este libro, el autor hace una breve introducción en donde nos proporciona los materiales para poder elaborar una idea de la literatura y el cine de ficción que se ha hecho cargo con posterioridad a la Segunda guerra mundial del tópico sobre el fin del mundo. Continua después siendo una invitación a las plataformas del escape, a los rumbos de una semiótica que nos lleva a desaparecer (el río, el mar, una biblioteca). El futuro sólo es pregunta, lo inestable se afirma al signo ¿?

“…¿El río bajo el arco correrá,
Y el reflejo de los rayos del sol sobre las aguas
Brindará el resplandor de nuevos días?” (Más preguntas, fragmento, p.38)

Entretanto asoman fragmentos de libros que operan con la temática del apocalipsis (como el prólogo de Borges para Crónicas Marcianas de Bradbury o de Soy Leyenda de Matheson) ubicadas estratégicamente como vestigios para poemas solitarios que penden en todo momento del regocijo de aquella poesía que ya no respira por sí misma. Este poemario de Alexis Figueroa es su propia sobrevivencia (“Así la letra miente y dice / ‘soy un libro’. / Porque toda letra miente”), la del poeta que no se consuela y que acomete contra la muerte del mundo y de su escritura, observador como lo es el poeta de la maquinaria desértica que no cesa y que pavimenta la soledad. Apocalipsis propio, notas de un sobreviviente a la poesía personal, donde el autor nos dice “Cualquier escritura es biografía” y donde podríamos agregar que toda biografía es carretera.

 

APOSTILLAS A LAS CARTAS DEL PERRO (Fragmento)

El poeta es un perro de su propia lengua y caníbal de ella.
Pues con lo que crea sustrato y mundo, asimismo come y desconfía.
Hay fracaso, hay, siempre hay, demasiada voz en el arte de escribir. Y poco
tiempo en vida. Mas intenta en cada carta sumar una letra, una palabra del
texto que la muerte acabará. Tratará de ser muchos para no asustarse tanto.
Pues, antes del yo, confía en las voces que hablan en su yo. En las mismas notas
de la música hay más de lo que justifica una civilización.

 

EPÍLOGO PARA LECTORES

Cuando pasea por los senderos del hospital,
Habla solo. Como un hombre después de sus cincuenta años.
Se han ido los días de su juventud y sus cicatrices
Lo asustan por primera vez.
Con la ola de vida de su generación,
Con su espuma, subió. Hasta reventar.
Hueso inmóvil, encallada blancura limada por la luz solar,
Ahora espera ciego que lo cubra la arena.
Fue un hombre. Fue nadie.
Hoy escribe cartas que nadie más lee.
 
 
LOS MUERTOS

Una casa sola en todo el planeta
de paredes blancas, caldeadas,
sin muebles.
Y en medio, el eco de los pasos de calcio en las habitaciones vacías.
Y tras la ventana, un estacionamiento sin uso.
Cruzo entonces por la cubierta negra de asfalto
y los zapatos se pegan en el mar sombrío.
Un mar negro sin olas ni ruido.
Hubo un tiempo en que las cosas tenían nombre
y acercando nuestro oído podíamos sentir
el latido de la realidad.
Eso dice el predicador.
 
 

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