Jonathan Guillén por Andrés Ibáñez Carrillo

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Urbana Siniestra

LOS HIJOS EXTRAVIADOS

Por supuesto que en el tedio de la pequeña ciudad también existe el movimiento. La rutina aturde, es verdad, pero en ella se puede gozar de la movilidad de los detalles. Y es que la urbe, con su monótono andar que el poeta conoce ya de memoria, denota también un movimiento enfermizo, una ansiedad reflectada en el sinsentido generalizado y en una búsqueda del mismo. La ciudad articula una dicotomía de permanencia y movimientos esquizofrénicos, disociativos, que desintegran a un sujeto (y no sólo al poeta) que se halla acorralado. Este es el sistema capital y sus hijos extraviados, desorbitados. Es la sociedad que no sabe quién es y que se engulle a sí misma.

La ciudad quiere ser un claustro. Quiere, con sus paredes, poner la norma como en un tarro de conserva. Quiere volver a tener el control, tras un siglo completo de historias sobre inequidades que, poco a poco, la fueron desfigurando. Pero en este esfuerzo desmedido, sin quererlo, va incubando el germen de los que no saben comportarse; de los que no quieren hacer lo correcto. En el sistema de esta urbe rígida y ansiosa a la vez, el poeta necesita una salida y reconoce su vía de escape en el sexo, que pulula tanto en los espacios públicos como en lo privado, así sea de mañana, de tarde, de noche o de madrugada.

Es esta una sexualidad angustiosa, pero hay disfrute en ese panorama. En este poemario el sexo es el punto de fuga, la liberación del poeta, el destello que, por regla general, en la línea transversal de la obra, aviva esta monotonía y calma la neurosis. Ese bálsamo es el sexo, buscado y rebuscado en la imagen de cada mujer que se cruza por delante de un poeta que no puede y no quiere parar de encontrarlas.

Entonces, ante una ciudad que pierde el control mientras más puja por mantenerlo, esto es, ante una urbe que a razón de lo anterior se va tornando hostil, siniestra, Guillén responde siniestramente. Porque para éste, el deber ser es parte de una fantasía que no le concierne ni le importa, que no lo representa ni a él mismo ni al mundo que lo rodea; porque el escenario de una urbanidad que pretende inútilmente ser dogmática, ordenada y moralmente adecuada, se ha desmoronado y “el perdón, hecho pedazos, cuelga de las bocas”. Este es el resultado inexorable después de aplicado un sistema que promueve, como pan de cada día, una falsa libertada basada en una individualidad violenta y mezquina.

La obra se inserta, como acabamos de señalar, en un espacio histórico eminentemente capitalista, derivado de un recién pasado siglo XX. Es aquel capitalismo que no quiere dar tregua a los moradores de un puerto nortino llamado Iquique. El sistema se tambalea con todas las injurias, segmentaciones, contradicciones y desigualdades aberrantes que lo configuran. No se soporta a sí mismo, y la del poeta es una obra que creció junto a este modelo que, mientras pasaban las décadas, se fue legitimizando como un dispositivo que trabajó eficientemente vaciando mentes y corazones.

Desde este locus de enunciación, un Iquique herido se auto reconoce en sus geografías y lugares emblemáticos, que van desde la Calle Serrano, pasando por el puente de la Zofri, sus schoperías y bares populares, la caleta Chanavayita y Pica, hasta llegar a los márgenes trazados por playas, peladeros y arenales del Cerro Dragón. La ciudad puerto sostiene a duras penas a una sociedad que se fractura y se frustra, en cuanto no le es posible controlar a sus crías mal portadas. Es el deber ser, al que nos refiriéramos previamente, versus asuntos tales como el esnobismo, la contra-moral y su vuelta a la animalidad; el hedonismo, el tránsito, fugacidad y permanencia; la miseria, el engaño, la prostitución y sus desamores, la violencia y el desencanto, junto a cúmulos de toda clase de objetos/sujetos de origen local. Es la novísima frivolidad que describe a este norte chileno que siempre está y seguirá estando perdido. Es la flamante y nueva banalidad de su quehacer y su decir. Y todo esto recalcado sin ningún tipo de eufemismos, como propuesta literaria del poeta. Es el consumo de sustancias y su disfraz plástico de falsa sofisticación. Es la seducción y también un sexismo a lo macho-hembra. Y es, por supuesto, Urbana Siniestra (Editorial Yerba Mala Cartonera, 2008. Editorial Demo Libros, 2014): ciudad doble estándar… La iglesia, falso templo de conciencia y sensibilidad social, rodeada por la vileza de una marginalidad autoaniquilante, en donde el pobre no existe porque no puede alcanzar el artificio burgués. En esta obra el miserable sólo deambula, errante, como un negro pronóstico que a nadie importa, mientras el cuerpo “grafiteado” de una prostituta, es la pared abusada que atesora en el tiempo un discurso de históricas desintegraciones sociales.

 


SELECCIÓN DE TEXTOS

 

EN SENTIDO CONTRARIO

El recorrido, que es siempre el mismo, permite ver como
envejecen las casas y hace brotar la pobreza de los subterráneos.
El día termina cuando los perros vagos se esconden debajo de
los autos estacionados.
Los grafittis en el asiento de la micro, me recuerdan que ya casi
no pertenezco a las ciudades. Subo el volumen del MP3 y
descubro que una mujer se descubre en el vidrio, creyendo por
un instante verse más joven con un asomo de orgullo.
Las multitiendas cierran sus pesados portones.
La mujer llora;
su imagen la han borrado las luces de los autos que circulan en
sentido contrario.

 

LOS GATOS

III

No se puede dejar de sentir esta angustia.
El cuchillo baja sometiendo una cabeza, unas agallas,
Una irresponsable vida de mierda entre pescado y olor a pobre
Bajo el tragadero hambreado de una población innombrable.
Un llorar la schopería sin querer volver a casa
No hasta la última cerveza,
No si todavía tengo algo de la venta del día
Hasta el último topless triste de la muchacha más fea del bar.

 

LAS 24 HORAS DE LAURA

2:00 A.M.

El humo traza su camino velozmente hacia arriba/ lóbrego el
dilatar de las pupilas/ tremendamente obsceno/ las manos
preparan otra bocanada/ los perros se acercan debajo del
camión donde ella acostumbra a fumar/ hierve la sangre que se
le agolpa en los labios/ la luz de los fósforos alumbra la cara
por un segundo/ luego la sombra/ se la escucha toser y un
gemido/ la culpa invade como las cucarachas a la pobreza/ un
momento y el mutismo/ sólo queda la risa pestífera de algunos
niños que a esa hora no tienen hogar.

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