Carlos Cardani por Juan Malebrán

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caldo portadaVARIANTES DE UNA VIDA SIN LONELY PLANET*

El pasaje de regreso hace la diferencia. Los tres meses del timbre que se vence, el rechazo al retorno y la multa que crece a diario como la incertidumbre patria. Luego: las transas con los choferes, los pasillos en las flotas y las horas precisas para fintear las casetas migratorias. Entonces, poco a poco el turista va cambiando sus formas y se vuelve humo blanco, si se quiere, paseando -cada vez más imperceptible- entre el singani, la hoja y la k‘oa.

Aprendizaje de supervivencia, a lo mucho. Primeros pasos para ganar tiempo. Otra cosa​ completamente distinta es la extranjería en lo cotidiano. Y es que Bolivia en sí misma es otra cosa. Ahora, Bolivia para un chileno como Cardani -a quien la primera vez que lo encontré chupaba en un antro paceño con la camiseta de la roja pegada al pecho- es un asunto, digamos, más complejo: Un territorio que se aborda desde lo incorrecto de la instigación.

Cardani siempre estuvo lejos de los que a la media hora de llegados a los Andes ya ​se esconden tras abarcas, chulos y cintas colorinches abrazando el discurso plurinacional o levantando los brazos frente al lago, convencidos de escuchar a la pacha dictándoles secretos al oído. De ahí, mi respeto por este “raso” que decidió romper filas, para partir por cuenta propia a escudriñar “tierras enemigas”, siempre atento al detalle, sin cámara, ni arma alguna más que la propia carne y el propio ojo.

Por entonces, no había ​transcurrido mucho desde “Pasaje tala” (Ed. “Libros del perro negro”) Otro asunto recomendable. Y Cardani le pillaba el ritmo a una ciudad llena de recovecos. De rarezas por donde se mire, de casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar y anotaba: “En la Sagárnaga los vendedores han aprendido inglés. Las farmacias ponen sus carteles en hebreo, en alemán y todo el barrio de las Brujas es una pequeña Babel con el esperanto a medias” o “cuando al fin veo la Plaza Villarroel me siento tranquilo, ese lugar lo conozco, pero no desde la Tejada Zorsano por donde vamos”.

Desde aquellos tiempos, supongo que “Caldo de cardán”* (Libros del Tata Santiago / Libros del Perro Negro, Stgo-Chile-2013) comenzaba a transformarse en lo que es. O sea, un mapeo personal y extranjero de Chuquiago Marka. Una lectura al modo de quien se pierde recorriendo calles, hostales, pensiones, boliches y conversaciones al ritmo del ron y de la merca y va descubriendo desde el asombro y la sospecha su -ineludible- condición. Una condición a la que todo chileno que se queda debe hacerle frente: la guerra, el robo y la imposibilidad soberana de reivindicación litoral.

Nada sencillo, entonces, proponerse el retrato íntimo de una ciudad, muchas veces hostil. Poner en práctica finitud de sorteos frente al filo de una historia que aún es herida, o intentar comprender una lógica que en nada se parece a la que se conoce antes de cruzar la frontera. Como ejemplo de esto último, copio este fragmento de “La línea del tiempo aymara”.

“Es fácil de entender si caminas sobre ella. Avanzas hacia atrás, eso es todo. El pasado está delante de tus ojos. Es lo único que puedes ver. Lo que hiciste hoy, donde estuviste ayer, el día en que llegaste aquí. Hechos puestos unos sobre otros, y cada cosa nueva irá nublando las más viejas hasta no tener memoria. Entonces, el futuro está en tu espalda. Por ejemplo, la ciudad en la que vives ahora, pero vista en veinte años más. No la ves, claro, está detrás de ti, pero si la vieras reconocerías algunos edificios, el nombre de las calles, los lugares que visitabas, y tu ojo esperará verlos igual.” “(….) De adelante hacia atrás. Sí, de esa es la única forma en la que se ve avanzar el tiempo.”

Diario de vida, bitácora, anecdotario o postales de un soldado zurcando Los Andes “Caldo de Cardán” es, ​sin duda, un registro que nos aproxima a la urbe paceña. Un libro en el que es posible reconocer rasgos de un pueblo tan diverso como el boliviano. Pero no mediante una lectura puramente sociológica, económica, antropológica o indigenista. Porque es cierto, Cardani callejeó y fue turista -a su modo- lo justo y necesario. Y al poco rato tuvo que vérselas con lo cotidiano y conocer la propina y el fisgoneo en la mirada del que entra,se sienta y pide almuerzo vegano en otro idioma. Luego, vino el resto y todo el resto resultó en la creación de una cartografía propia. Tremendamente distante de la que se arma quien vive su veranito – pulcro e impermeable- bajo las lluvias y el granizo del altiplano.

Tal vez -y solo tal vez- sea válido preguntarse dónde y cómo calza “Caldo de Cardán” dentro de la literatura de ambos países, atendiendo a lo que su propio autor nos plantea: “Los rotocollas escriben, y saben que sus libros no son ni chilenos ni bolivianos, son literatura rotocolla”. Y aun así, intentar el ejercicio de situarlo en uno y en otro, para llegar a comprender mejor las particularidades que lo constituyen. Asunto, nada simple. Caldo de cabeza-dirìa Cardani: “juntarse con chilenos siempre termina en lo mismo”. Sin embargo me atrevo a decir que de este lado de la cordillera, se entiende como una propuesta poética que enfrenta una ciudad, tradicionalmente, abordada desde la narrativa, con una voz resuelta como el proceso mismo de registro. Permitiendo, de paso, una ampliación de las multicapas de lectura y/o escritura que La Paz y su contexto poseen. Sin embargo, resulta difícil poder profundizar aún en el valor de esta propuesta dentro del espectro literario nacional. Entendiendo las nulas o escasas instancias de circulación que ha tenido desde su edición en tierras chilenas.

Más allá de esto último, lo cierto es que Cardani durante los años que vivió en Bolivia, conoció las cosas de las que habla y llevó al pie de la letra sus asuntos: “los rotocollas le paran el carro al chileno recién llegado que se cree más que los bolivianos solo por ser chileno” y de ese modo construyó su obra y generó vínculos e intercambios  entre propuestas y autores de ambos países, convencido en resignificar el trueque, el burreo o el contrabando mismo.

Esperemos, entonces, tenerlo pronto de regreso por Chuquiago, para que nos cuente las impresiones de sus compatriotas frente a este libro que, ni chileno, ni boliviano, resulta de todos modos contundente. Esperemos, finalmente, que este “rotocolla” continúe viviendo su única certeza y que nos confiese – tras esta larga temporada – cuál es para él “el lado equivocado de la frontera”.

“¿Cuándo vuelves? Es el motivo por el que no llamo seguido
Y respondo con seguridad no sé, no creo que luego
Como si realmente tuviera algo que hacer, en vez de decir para qué”

Carlos Cardani

 

SELECCIÓN DE TEXTOS

 

3600 metros

La Paz se ha construido en la parte más alta del mundo
Pero esa altura de las nubes abajo no le ha servido de nada
Esto no es el Olimpo desde donde se pueda castigar a los mortales
Es inútil como panóptico, pésima morada para los celadores
El carcelero con la mejor puntería del reino no tendría nada a qué hacerle mira
Para qué subirse a un mástil desde donde no se pueden ver nuevas tierras
O resguardar este pucará saqueado hace siglos por los invasores

La Paz es sólo una caseta de vigilancia
Para unos cuantos centinelas que se han quedado dormidos.

 

Bar El Quirquincho

El piso cubierto de aserrín como si nunca se hubiese salido de los aserraderos
Como si las mesas y sillas se hubiesen pulido aquí mismo
Y entre ellas hombres
Cholos todos, trabajadores todos, ebrios todos
Que riegan la cerveza entre el vaso, la boca y el piso

Mi plata no más me tomo dice el que pone a calentar dos cajas con las miradas
Una cholita pone Néctar en la rockola, y baila como hace veinte años
Mientras la mesa en la que éramos cuatro, ahora somos más de diez

Tomá, tomá, Chile. Yo te invito. Para eso yo trabajo
Para vivir como blanco y chupar como indio

 

– –

Todos tienen una historia con Chile
El viaje a Arica ocultando la marihuana entre las medias
Las vacaciones de niño con gente ahora muerta
El estudiar en Calama aprendiendo que eso antes era Bolivia
Y claro, la primera vez que vieron el mar
Los policías incorruptibles, las carreteras una maravilla y todo tan moderno
Pero que no se les entiende nada cuando hablan
Tan chillón, tan rápido, tan mal pronunciado
Y luego la imitación, una pésima imitación
Como si todo chileno dijera chita la payasá
Y después Santiago
¡Ah! ¡Santiago!
Lo que antes era Estados Unidos, España, ahora es Santiago
Lo ven tan lindo, con tanta plata
Que no entienden por qué me vine a La Paz.
No tengas miedo, chileno

No tengas miedo, chileno, no tengas miedo y aprende a saludar; di buenos días a quien sea, y quien sea, y cuantos sean te darán el saludo de vuelta.
No tengas miedo, chileno, no tengas miedo cuando veas los fetos de llama, y tras ellos los ojos de la chiflera. No importa cuántos hechizos y magia negra pueda ir en tu contra. Si tú no haces mal, nadie te hará mal.
No tengas miedo, rotito, no tengas miedo de comprar las cosas con tu acento. Por más caro que te cobren, siempre estarás pagando menos que en tu país.
No tengas miedo, carajo, no tengas miedo. Responde tranquilo y calmado cuando te pregunten por el mar. No creas que es un crimen que recién ha quedado al descubierto y tú eres el único sospechoso.
No tengas miedo, chileno, no tengas miedo cuando veas la mano del minero desprenderse del cartucho de dinamita. Arranca de la tronadura como si fuera un juego de niños donde hay que correr para que no te pillen, pero luego vuelve al tumulto como si tú también estuvieras marchando.
No tengai miedo, hueón, no tengai miedo cuando veai pasar los pacos al lado tuyo. En tus bolsillos no hay nada que les interese.
No tengas miedo, chileno, no tengas miedo, sal a la calle tranquilo cuantas veces quieras, si te roban algo, te habrán quitado lo mismo que en cualquier otra ciudad del mundo.

 

Distancia

Palabra hecha para unir dos ciudades
Santiago – La Paz, por ejemplo
Un puente de plata hecho por la lengua
Va desde donde estás parado hasta donde quieres estar
Una carretera veloz que por un par de segundos va y te trae de regreso
Estás en tu casa, estás en tu cocina
Y toda tu familia se ha reunido para comer de un mismo plato
Una hora o dos de sobremesa sólo por verse las caras
Esos rostros son tus mejores cicatrices
Cada uno te regalará una sonrisa, mientras la radio llena los silencios
Dicen que la distancia es como el tiempo

 

El Turista – Día mil

Un hotel, casetas de migración, terminales de buses
Lugares que ni siquiera los extranjeros podrían llamar hogar
Pero desde ahí se empieza a conocer la ciudad
Un primer paso para dejar de ser turista
Ya sabes de memoria el teléfono de la Pecosa
Quién te vende te llama El Chile
Te encuentras conocidos en las calles, siempre en los bares
Sabes el precio de cada cosa
Sigues al Tigre domingo a domingo
Y hasta sabrías por quién votar

Los hoteles son sólo para ti una cama al otro lado de la frontera
Desaguadero, por ejemplo
Donde ya sabes qué hacer en el puesto de migración

Cómo te gustaría seguir siendo extranjero
Pero no
Eso ya queda sólo para los turistas o los chilenos novatos
Y por ahora sólo el acento te salva, mi querido rotocolla

 

*Reseña publicada en http://www.letras.s5.com

*Caldo concentrado boliviano ideal para recuperarse del chaki (resaca). En La Paz es posible encontrarlo en barrios perifericos o direcatamente en El Alto. Su principal ingrediente es el pene de toro.

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