Ricardo Rojas Ayrala | Argentina

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BiografíaPublicacionesAutores Recomendados

Escritor y gestor cultural. Es coordinador del festival de poesía e inclusión Vapoesía Argentina. Secretario de cultura de Organización fraternal de Trabajadores y director del sitio Web de cultura www.lapurpuradetiro.com.ar. Ha recibido el tercer premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. Y el año 2014 fue finalista de la V edición del Premio Internacional de Poesía Victor Valera Mora.

Sin conchabo corazón, poesía, Editorial El Caldero, 1993
Fabulosas alimañas de la pampa, narrativa, Editorial El Caldero, Argentina, 1996 y Sentieri Meridiani, Italia, 2010
Hazañas y desventuras de Amulius y Numitor, narrativa, Editorial La Bohemia, Argentina, 1999 y Sentieri Meridiani, Italia, 2010
Caligramas, poesía, Editorial La Bohemia, 2000
Miniaturas Quilmes, narrativa, Editorial La Bohemia, 2001
La lengua de Calibán, poesía, Fondo de Cultura Económica, México, 2005
Obispos en la niebla, poesía, 2005, Editorial Tintanueva, México, y Editorial La Bohemia, Argentina
Quaestiones politicae, narrativa, Editorial La Bohemia, Argentina, 2006 y
Sentieri Meridiani, Italia, 2010
Argumentos para disuadir a una jauría y otros usos civiles, poesía, Editorial Descierto, Argentina, 2013
– Un sauzal para Kikí de Cundinamarca, poesía, editorial Ponciano Arriaga, México, 2013
Las nubes, poesía, Editorial Descierto, 2015, Argentina.

Manuel Scorza (Perú)
Milorad Pavic (Serbia)
Pascal Quignard (Francia)
Haruki murakami (Japón)
Arnaldo Calveyra (Argentina)

 

RICARDO ROJAS AYRALA

 

 

¡Garibi hatao!

“Un libro abierto también es la noche.”
Marguerite Duras

Mil y una noches
velando.
Sin parpadear.
Ayunando.

Acompañando a los comerciantes de especias
con las manos.
Descifrando, en la oscuridad,
las mismas argucias y estratagemas
de los chacales.
Urgidos como monos sagrados.

Oyendo a los mercachifles montar en cólera
por veinticinco monedas.
Extraviados, entre turistas,
en los senderos de cualquier Alajabad.
Viendo volar por los aires,
por las heréticas bombas de los fanáticos,
algún templo sagrado.

Huyendo
de los incomprensibles hombres santos.
Vacuos como granos de arena
empujados por el viento.

Sin atisbar, ni una sola vez,
el vuelo del Guruda.

Bebimos sólo agua.
Hidrógeno dos, oxígeno.

Comimos hierbas amargas
y exóticos granos.

¡Garibi hatao! gritan, con amarga rabia,
los que realmente se mueren de hambre.

¿Kali, cintura de palmera,
ya somos sabios?

Abrigame, igual,
ya carezco de cualquier temor…
En la eternidad
no hay otras guaridas.

 

Para un sello de plata

“¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad
en que se halla el hombre feliz de ser infortunado
y el hombre bueno de ser malvado?”

César Vallejo

Observa,
mide con la misma seriedad
con que otro cualquiera saca
una espina dolorosa
de la poderosa pata delantera
a un león nostálgico
y agradecido;

o se disfraza de peluda bestia que parla,
para acompañar a una inocente niña
con caperuza
que ya ha arrojado sus primeras sangres,
por el bosque más cerrado
y hostil,
infestado de fuertes leñadores;

o construye una poderosa nave de locos,
rematada con una bodega imposible
capaz de albergar
–también–
a los dos últimos bueyes salvajes,
con una tosca sucesión de tablones
de pino,
tan inestable como liviana.

Frente a la pileta,
distraídamente,
ella salva a una araña común
y corriente
del agua, del lampazo,
de otro borroso hexámetro
y de la muerte.

¿Qué sucede primero?
Se ama a todas las bestias
o no se ama a ninguna.

 

Canta un cisne de Valdivia

“Y esa cabeza que se dobla para escuchar
un murmullo en la Eternidad…”

Vicente Huidobro

Soy el último.

¿Qué otro privilegio
es más tonto
que éste?

Todos los míos han muerto
de hambre,
o no se qué,
en el frío espejo
de este río contaminado.

No puedo sostener
mi cabeza
fuera del agua.

Sólo la aurora
nos extrañará
de algún modo.

 

La cantinela de Argos

“Oye ladrar los perros que indagan
el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.”

Olga Orozco

Aguardo.
Como quien roe un madero
o es asaltado por oscuros
remordimientos.
Con cierto tipo
de esperanzada resignación.

Antes, dicen,
fuí vigoroso y ligero.
Para ser sincero:
no puedo desmentir
ni alentar esas sospechas.

Lo que tanto me exaspera
no es la vejez
sino esta suerte de vigilia
infinita.

Todo lo que nos pasa
no es un capricho de los dioses,
sino una aviesa voluntad descalabrada,
en un lugar y en unas circunstancias,
que sólo los sabios pueden enderezar.

Cualquiera puede darse cuenta
de ello, hasta una pobre bestia,
sedienta, vencida y vieja.
Partir, llegar,
salir, volver.

Los perros de caza, tal vez,
seamos tan asiduos a la perplejidad
como pregonan otros animales carniceros.
Es apenas un turbio engranaje del oficio.
Un soplo y una alcurnia dudosa.
Como los aullidos destemplados
cuando se pierde el rastro de una presa valiosa:
una cabra montesa, un ciervo,
una liebre joven
o una sombra amada.

Hasta ha dejado de alegrarme
cuando los presuntuosos aurigas
son arrollados por los carros
y luego pateados por los caballos,
en la arena,
hasta la muerte,
y el público aplaude
a rabiar, extasiado.

Estoy cansado.
El cuerpo me duele.
Tengo hambre y frío.
Las garrapatas y el aburrimiento
hierven
en mi cuero flaco.
Nadie, ni nada,
puede consolarme.

Desde hace algún tiempo también
he dejado de ladrarle a los escasos
recuerdos
y a los fantasmas nocturnos.
Los hombres entran, deambulan
y salen
con una fiebre ajena
a mi hastío.
En el palacio real
juegan a las intrigas
y se preparan.

Veo a un marino altanero a lo lejos:
a pesar de su escandaloso atuendo
parece mi antiguo amo.
Se acerca sigiloso.
Camina como mi antiguo amo.
Tose como él.
Hiede a sal
y a desventura.

Ambos simularemos,
convencidos,
que la vida no ha pasado,
ni para mí,
ni para él.

Acaso sea este
el momento,
ya mismo,
de que sea yo
el que ahora
me vaya.

 

Fenómeno óptico nunca explicado por las lentes holandesas

“Porque los dioses son, como se sabe, envidiosos, y cuando dan un año
de felicidad a un simple mortal, lo apuntan como una deuda,
y al final de su vida se la reclaman, con intereses de usurero.”

Sándor Márai

Después del amor
me miro en el espejo.
Tan lejos
de la revolución.

Me observo desnudo,
y ya
no tan joven.
Cansado
de casi todo.

Trituraría mi semejanza
hasta el polvo…

Para quedar flotando,
continuamente,
en las plegarias de lo cotidiano
de lo tuyo alrededor.

 

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