Marcelo Ramos por Roberto Oropeza

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IMG_20150406_0001FERAL, EL SALVAJISMO ES HUMANO

Siempre que un texto tiene las palabras “hubo un tiempo” éstas actúan como una  señal de viaje al pasado cuyo esplendor palidece a lo que ocurre en  el tiempo actual. En este caso se podría comenzar con “hubo un libro llamado Feral” (editorial vortex 2013) del chileno Marcelo Ramos. Y sí, hubo un libro, uno de esos salvajes e imposibles de domesticar  -léase leer- a ratos, que lanza dentelladas por todas partes y lo único que se quiere es matar a ese animal de una vez, leerlo hasta su punto final y cerrarlo para  nunca más abrirlo. Feral no viene a ser un poemario luminoso, en todo caso a lo más que puede aspirar es al recuerdo de que alguna vez existió luz.

La belleza es salvaje o en palabras de Feral: la aceptación de los vicios libera ante cualquier remordimiento “la clave está en la poca importancia del hecho”. Esta indiferencia tiene de fondo  violencia y sangre de la cual nadie puede escapar “he visto bajo mi cama a hombres sangrando del rostro”. Entonces la aceptación, no sólo de los vicios ahora, sino del agreste mundo que rodea al autor –o que él se ha creado para sí- es la única forma de continuar cada día y para hacerlo debe convivir con sombras o seres que actúan a sus espaldas, que accionan a voluntad las palancas de la cotidianidad o la desgracia. Sería aconsejable confrontarlas, presentarles batalla pero Marcelo plantea lo contrario: “sentado espero la cuenta del reloj que indica un miedo…a mi espalda ocurren cosas, todo el mundo lo sabe”.

Mientras se contempla el panorama sin reaccionar de forma alguna, se regresa al pasado y se intenta recordar. Feral es un viaje en ese sentido, en  el poema Fórmula se enumeran “la sucesión de cicatrices” que dan como resultado el presente, que vendría a ser éste poemario o la botella que acaba de vaciarse y ante la incertidumbre de lo que vendría en el futuro, la respuesta planteada por el autor es la de fantasear –léase mentirse a sí mismo- “donde nadie se olvida de mí y todos me piden perdón”

Si bien existe la aceptación de la derrota, también hay una suerte de premonición de que todavía falta aún más por caer o destruir, como una ciudad que es bombardeada incluso en ruinas, porque nadie debe quedar vivo y todo rastro debe ser borrado de la faz del planeta; pero siempre subsistirá algo o en este caso alguien –el autor- que haga un recuento de los daños y los sobrevivientes a quienes de forma tentadora se les puede llamar amigos por el solo hecho de devolver la mirada, una que sabe de “nuestra pedagógica pobreza henchida de espionaje y razones y leyes que sonríen y consuelan”.

 

Recuerde la bondad de los niños,
que no entienden el procesamiento celestial
ni las brújulas magnéticas.
Piense que su vida vale el alquiler de un camello en Egipto
o la voluntad del Pistaco en el  camino de los andes.
Y si la muerte llega dele la mano.
Recuerde a su mujer en un acto onanista.
Mida su fortuna en toledana equivalencia.
Y practique usted mismo el onanismo.
Salga a la calle,
Suelte aquella piedra
que nunca salió de su mano esa mañana
de mil novecientos ochenta y cinco

 

Fracción del hombre

Toma a ese hombre, míralo a los ojos
Todo en él está roto y en otro tiempo

Un extenso juego que no permite recordar la felicidad
ni el sentido fúnebre en las barbas del padre enfermo.

Un hombre espera que la mujer a su lado tome la mano y le diga
Esta lo otro, eso que quisimos tanto tiempo.
Un país entero, todo el territorio para movernos de arriba abajo

Observa el miedo a la oscuridad en ese hombre
Todo en él está roto y en otro tiempo

 

Fórmula

El trago terminará por matarte, la risa y algo parecido al cariño.
Una llamada por teléfono en la frontera de un país extranjero.
Un poco de diversión, la trata de blancas, la blanca.
Las niñas sin decisión, el humo en los ojos, los hijos ajenos.
Las malas pensiones, las carcajadas, los ritmos tropicales
los pelos de gatos, el esqueleto de un mono,
la sucesión de cicatrices.
Pero por sobre todo las niñas con poca ropa.

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